Lo vamos a matar

Por Adolfo Zableh

La última semana de Diego Maradona ha sido tan convulsionada y cambiante como el resto de su vida. En pocos días pasó de cumplir sesenta años, inundado de mensajes de admiración y cariño por parte de todo el mundo, a terminar internado en una clínica. De la gloria al desastre, del gol a los ingleses al escándalo por doping en Nápoles, todo un tobogán de emociones.

A Maradona lo vamos a matar pronto (matar de verdad, no de forma figurativa) con tanta idolatría, y lo peor es que no nos importa, solo será un ídolo más que cae, uno que necesitamos devorar para poder saciarnos. La persona de Maradona nos tiene sin cuidado, bien se puede ir a la mierda, morirse si quiere en el hospital donde está hoy internado; nos interesa es el diez, el superhombre, el de Boca, el Nápoles y el de la selección, el que apilaba por igual a ingleses, belgas y jugadores de River y Juventus porque todo lo podía. Lo que queremos no es seres humanos comunes y corrientes, que para eso nos tenemos a nosotros mismos, lo que demandamos es ídolos para adorar porque a través de ellos nos volvemos mejores. Y cómo ídolo que se respete, en algún momento tiene que caer en desgracia, porque nuestro amor podrá parecer incondicional e infinito, pero es en realidad más tóxico que la más venenosa de las serpientes.

El tiempo de Maradona está llegando a su fin, basta con verlo en público, cómo habla, como se mueve, el cuerpo y la expresión que tiene. Está vivo de milagro. Después lo lloraremos, diremos en público lo mucho que lo admirábamos y una vez más convertiremos su muerte en algo personal, porque lo que importa cuando alguien fallece no es el hecho en sí, sino cómo nos hizo sentir a nosotros, que somos los seres más importantes del planeta. Su muerte se convertirá en un concurso por quién se muestra más dolido.

Pasa con todos, en su momento con García Márquez y más recientemente con Sean Connery. Lo curioso es que, en el caso de los tres y de muchos otros gigantes, lo que admiramos de ellos ocurrió mucho tiempo antes de su deceso. ¿Cuándo sacó el escritor colombiano su último libro, cuándo rodó el actor escocés su última película exitosa, hace cuánto Maradona se convirtió en leyenda en el Azteca? Que mueran es solo relevante para sus seres cercanos, que mientras que el mundo exista sus obras son indelebles y ellos serán recordados.

Es un ser raro Maradona, no solo es tan invencible en la cancha como frágil fuera de ella, sino que se encuentra en un raro sánduche entre Pelé y Messi en el pulso por ser el mejor jugador de todos los tiempos. Quienes dicen que Maradona es mejor que Messi sacan el mundial ganado en el 86 como salvoconducto para acabar la discusión, pero al mismo tiempo, si ese es un argumento válido, Diego no tiene nada que hacer contra el brasileño, que obtuvo tres en cuatro intentos. Para mí, Messi es mejor jugador que Maradona sin duda alguna; más completo, más constante, más ganador. Que Pelé no sé porque nunca lo vi jugar y esos compactos que se encuentran por internet no valen, en compacto hasta yo soy crack.

Lo que también tengo claro es que, por mucho mejor que Messi sea que Maradona y por muchos mundiales que haya ganado Pelé, lo que hizo Maradona en el mundial de México no tiene comparación en los anales del fútbol, probablemente en los anales del deporte. Durante un mes un solo hombre se enfrentó a todos y los venció, le mandabas la bomba atómica y la dormía con el empeine. Y aunque el fútbol sea un deporte colectivo, durante esos treinta irrepetibles días Diego fue un equipo completo, por eso el mundo lo venera de tal forma. A Messi, en cambio, no lo quieren tanto porque no ha hecho mayor cosa con la selección de su país. Se resisten a él no por buen o mal jugador, sino porque consideran que los ha defraudado, que no les ha dado lo que les debía, igual que nosotros con Nairo Quintana por no haber ganado el Tour de Francia.

Nosotros no sabemos medirnos y encima Maradona no tiene límites. Por saber patear un balón como nadie le hemos permitido todo, desde drogarse como si no hubiera un mañana hasta dirigir los partidos de Gimnasia y Esgrima desde un asiento que más que una silla de DT parece un trono. Y él se lo cree todo, recibe feliz todo tipo de elogios y dádivas, sobreactuarnos es lo nuestro, excederse es lo suyo. Ahora está en una cama de hospital preso del alcoholismo y la depresión, a punto de ser operado por un hematoma en la cabeza producto de un golpe sufrido quién sabe cómo y cuándo.

Manoseado y enfermo, se nos está yendo y no nos damos cuenta, o más bien es que no nos importa. Maradona acaba de cumplir sesenta años, pero a este paso no va a llegar a los setenta. Si me apuran, a los sesenta y cinco tampoco.

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