El extraño y solitario hombre de la selva

"Frontera, de Felipe Martínez Cuéllar, es una novela de contrastes, de hombres y mujeres de la selva; es también el relato de un mundo salvaje que agoniza, en el que las leyes arbitrarias del hombre se imponen sobre las indiferentes leyes de la naturaleza": Miguel Ángel Manrique

Por Miguel Ángel Manrique

Frontera, de Felipe Martínez Cuéllar, es una novela de contrastes, de hombres y mujeres de la selva; es también el relato de un mundo salvaje que agoniza, en el que las leyes arbitrarias del hombre se imponen sobre las indiferentes leyes de la naturaleza.

Frontera narra la huida del funcionario Santiago Zapata a la selva amazónica, para superar la crisis de una desilusión amorosa y hundirse en lo desconocido. La historia se plasma en tres instantáneas, porque Zapata también es fotógrafo aficionado: la descripción del paisaje, la borrachera con el profesor Luis Infante y la aventura con la periodista caleña, Magdalena Blanco.

Un buen día, para escapar de los fantasmas de Lucía y Ángela, Zapata llega a un improvisado pueblo de “ranchos de madera con techos de paja trenzada”, de pequeños edificios de cemento y calles de tierra roja; con una cancha de fútbol de grama sintética, “para fomentar el deporte en la región”, pero en la que nadie juega porque no hay equipo; con una iglesia, una plaza de mercado, una estación de policía y un malecón de ladrillo de dos kilómetros de largo, “con jardines de platanillo y aves del paraíso en el trayecto”, aún sin terminar; con un restaurante barato que ofrece comida indigesta; un hotel de mala muerte y un bar flotante de dos pisos, sobre “una plataforma sostenida por pilares de madera y con tejados de lata”, en el que resuena repetidamente la canción Des-pa-cito; un pueblucho perdido entre los miles de árboles sumisos ante el Amazonas, río por el que navegan las canoas y las lanchas rápidas.

En la noche, Zapata se encuentra con Infante, quien huyó de la pobreza urbana y se convirtió en el maestro de los niños de una comunidad indígena, en un internado dirigido por “un sacerdote que se esforzaba demasiado por demostrar su bondad”. Mientras beben cervezas, el profesor le resume los cuarenta años de su vida, que lo convirtieron en un extraño y solitario hombre de la selva; le revela además la relación con su madre: “Esa bruja que se consumía encerrada en su habitación maloliente era una condena enviada para marcar mis días con el signo de la impotencia y el aborrecimiento”.

Le describe la cotidianidad de los habitantes de la zona: “El ambiente en el bus era el reflejo de nuestra pobreza espiritual y física”. Le habla del río: “Pocas personas, creo, que hayan vivido la experiencia de un viaje casi solitario por un río como este son capaces de liberarse de su hechizo. Se cuela en la sangre, como un virus, y ya nunca se vuelve a ser el mismo”.

Y le enseña su vocación pedagógica: “Quería pensar, sobre todo, en los niños, en esos cientos de niños solitarios que alguien había dejado allí para que un grupo de hombres y mujeres de distintas partes del país les transmitieran algo de lo que habían aprendido, los contagiaran de una supuesta civilización que, en apariencia, traíamos con nosotros, les dieran herramientas para enfrentarse a un mundo que aún quedaba lejos, más allá de todas sus fronteras, pero que se acercaba de manera peligrosa”.

En la madrugada, Santiago Zapata se despierta enguayabado, enlagunado y desnudo al lado de Magdalena Blanco, “pequeña, redonda, delicada como un pájaro doméstico”, con la que viajará, en compañía del lanchero Cucaracho, hasta una zona de extracción ilegal de oro: “Donde debía haber estado el cauce principal del río, la tierra estaba seca y gris, polvorienta como los escombros de una explosión. Del suelo brotaba un olor amargo, a animal muerto”.

Al final, Santiago y Magdalena pasarán unos días en un refugio, construido en la mitad del tronco de una ceiba gigante, ubicado en una reserva natural, desde donde contemplarán la “selva interminable”.

El poder del Estado apenas proyectará su sombra sobre la frontera: un territorio cálido donde sobreviven los árboles, los animales, los hombres, las mujeres y los niños de la selva.

Miguel Ángel Manrique / @miguelmanrique

La espera

La espera

"Tal vez los escritores escriben novelas para entender lo que significa esperar; un verbo que sugiere algo profundamente poético: una angustia, una sensación psicológica próxima al placer y al dolor. Una serenidad. La literatura sobre la espera narra lo que no comprendemos de la vida": Miguel Ángel Manrique

 

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