Amigo, date cuenta

Por Adolfo Zableh

La corrupción en tiempos de coronavirus es algo que te manda directamente a la lona. Ni indignación ni hay que investigar ni vamos a linchar a esos hijueputas, nada de eso: pura y física ganas de morirte, o al menos de haber nacido en cualquier lugar del mundo, menos en Colombia. Porque ya no es solo que esta crisis haya dejado en evidencia la sociedad tan precaria que hemos armado, sino que ha mostrado que la corrupción no tiene límites y que el dolor ajeno nos importa tan poco que con él nos limpiamos el culo y nos queda sucio.

Habiendo dicho esto, ya sin rabia, sin indignación ni pasiones, ¿no creen que esta sería una bonita oportunidad de extinguirnos, de dejarnos de cuidar, romper la cuarentena, salir a la calle, enfermarnos todos y morirnos? ¿No creen que le estaríamos haciendo un favor al planeta?

Es que por todo lado se están viendo cosas sospechosas: no solo lo de las cédulas y los nombres raros para recibir subsidios del gobierno, algo que fue explicado como “un error del sistema”, sino el precio de los productos en los mercados y las ayudas que están dando las alcaldías y gobernaciones. Más allá de lo que están diciendo que cuestan y lo que puedan costar de verdad esas ayudas, ver un mercado de esos da grima: par bolsas de granos, unas pastas, una botella de aceite y unos rollos de papel higiénico ahí, todo más depresivo que una canción de Joni Mitchell. Y los políticos sacan pecho por eso y hasta les meten fotos suyas como para que no quede duda de que fueron ellos quienes regalaron esas miserias.

Luego oye uno cuánto costaron y es cuando se quiere matar porque no es solo que nos vean la cara de estúpidos, sino que no puedan parar de robar ni siquiera en plena crisis. Llevamos poco más de un mes en estas y entre la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría están investigando miles de contratos sospechosos, literal miles, por cotizar los productos por encima de su valor real. Y no se trata solo de la costa o la capital, la enfermedad de la corrupción abarca lo alto y ancho de la geografía nacional.

Según las investigaciones, la libra de frijol se está presentando a $5.000, la de cilantro a $9000 y la de alverja hasta a $18.000. Las chupas para destapar baños cuestan supuestamente $15.000 y las camas hospitalarias, que normalmente valen ocho millones y medio de pesos, se muestran en los registros como si costaran once. Lo más sonado ha sido el atún de veinte mil ¿Dónde lo compraron acaso, en Andrés carne de res? Y aunque jugar con el hambre de la gente necesitada es un delito que no se alcanza a pagar ni con cárcel, lo cierto es que siempre ha sido así: esto de robarse hasta los huecos de la calle no es nuevo, solo que ahora suena más; toda la vida hemos votado por los mismos miserables.

Y si lo de los mercados parte el alma, la situación del personal de salud termina de destrozarla. Por todos lados se oyen las voces de médicos y enfermeras que no tienen los implementos mínimos necesarios para trabajar. Los aplaudimos y los llamamos héroes por darnos la mano más valiosa en medio de la pandemia, pero a la hora de la verdad están solos, ellos verán cómo se consiguen los recursos para no contagiarse. Piden ayuda y nadie los oye porque entre unos y otros se tiran la pelota de la responsabilidad, y al final la respuesta es la misma: no hay plata. ¿Pero cómo va a haber si se la gastan en trago fino y parrandas, viajes al exterior y fincas en tierra caliente? Y mientras los empleados de los hospitales trabajan por un sueldo de hambre (cuando les pagan), en batas gastadas y tapabocas que brindan más apoyo moral que otra cosa, influencers y miembros del gobierno se exhiben en redes sociales todos engallados, con los trajes, guantes y tapabocas más finos, todos sobreactuados como si en vez de ir a hacer mercado al lado de la casa estuvieran yendo de expedición a Chernóbil.

De verdad, ¿vale la pena que sigamos viviendo? ¿No será esta una señal de la vida diciéndonos que todo lo hemos hecho mal y que lo mejor es dejarles el oxígeno a seres que sí valgan la pena? ¿Qué perdería el mundo sin Colombia? ¿Unos granos de café, unos futbolistas y una recua de reguetoneros que no son capaces de componer una canción por sí solos? Amigos, démonos cuenta.

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