Milo

Por Andrés Ospina

Milo llegó a mí gracias a La Posada Ecológica, conjunto campestre de ranchitos rústicos y lindos localizado en una vereda con nombre de poema: Frailejonal Alto. Allí Marcela y yo compartíamos una casita de fin de semana donde vivimos muchos de los días más alegres de nuestras vidas. Aprendimos que a la niebla la denominan ‘la bruja’. Fotografiamos unas flores llamadas dedaleras. Adaptamos nuestros termostatos al páramo. Nos tumbamos sobre un potrero para hablar tonterías. Socorrimos colibríes que a veces chocaban contra los vidrios. Vimos tormentas de madrugada, con un cerro imponente como telón y leños encendidos. Meditamos en un paraje de hongos rojos que parecía comarca de elfos.

La primera vez que llegamos, Milo —que ya se llamaba Milo y estaba crecido— salió a recibirnos con su timbre ronco de beagle tenor, no sé si por desconfianza o intentando ser notado. Ahora que conozco cómo es él, creo lo segundo. Sin que nos presentaran, Milo fue colándosenos en nuestra existencia, primero acompañándonos a las excursiones a una cueva secreta que hay por allá o hasta cierta torre de telecomunicaciones adonde acostumbraba treparme para tentar el vértigo. También, descarado, se entraba en nuestros cuartos. Acabamos haciéndole cama.

Milo, para entonces de unos cinco años, había sido involuntariamente abandonado por el antiguo ocupante de una de las cabañas, quien al enfermar dejó su domicilio de urgencia. El paciente desapareció por un año o más y Milo quedó al cuidado de Rosa, administradora del conjunto, y de Nury y Karen, hijas de ella. Allá convivía en confort con compinches de diversos fenotipos, procedencias y linajes. Lo anterior cuando no se fugaba de correría por las fincas cercanas, práctica que ejercía con regularidad. Debió ‘polinizar’ a medio Frailejonal y alrededores con la simiente de esa estirpe cuyos ancestros cobijados por la nobleza de alma adivino en sus ojos dulces cuando nos miramos. De todas las expediciones llegaba mordido y ‘cascado’, tras batirse fiero con decenas de machos vecinos.

Un día lo invitamos a Bogotá. Así Milo comenzó a alternar su entorno rural con el ‘apartamentero’, hasta cuando, por generosidad de Rosa e hijas, acordamos que se mudaría conmigo. El destino nos hizo marchar de Frailejonal. Milo perdió campo, pero disminuyó el riesgo de fallecer en las fauces de algún contendor frenético. Ya había tenido accidentes. ¡Hemos hecho tantas cosas! Como salir a las 4 a.m. al parque para ver amanecer. Como caminar de la calle 85 hasta la Plaza de Bolívar y luego regresarnos en taxi. Como conversarnos durante horas en nuestros respectivos idiomas y sobre nuestras correspondientes cuitas. Como envejecer a dúo y sabernos cómplices que nunca quieren separarse.

Hoy Milo es lo que los políticamente correctos llamarían un ‘adulto mayor’. Tiene un ojo seco y una afección lumbar. Necesita medicación y gotas permanentes, pero se mantiene juguetón y fuerte. La gente lo ve —canoso, guapo y con cara de sabio— y automáticamente me preguntan la edad de él. Les contesto que nos conocimos hace ocho años. Me sirve de excusa para contar esta historia, tocada por el amor más puro. Nunca contemplé que ese perro necio que antes enloquecía al Frailejonal entero con sus ladridos estrepitosos y maestro de la conquista sería mi único compañero de cuarentena. Todos estamos siempre solos, pero lo estamos mucho menos quienes compartimos nuestros días con personajes como él. Hasta el otro martes.

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