Los sonidos del silencio

Por Eduardo Arias

En 1966, el dúo Simon y Garfunkel publicó The Sound of Silence (El sonido del silencio), la canción que los consagró de manera definitiva y que desde entonces se considera un clásico.

En estos tiempos tan difíciles en los que solo se debe salir de la casa en circunstancias excepcionales y en los que me he visto obligado a reemplazar las caminatas diarias por tediosas sesiones de biclicleta estática en la alcoba o la sala del televisor, las horas y los días transcurren en silencio. No tanto dentro de la casa, donde a veces suena la licuadora, la aspiradora, música en las mañanas y en las noches el rumor casi inaudible del televisor, algún grito alegre de mi nieta Joaquina, el ladrido de Pasiflora, los maullidos demandantes de Nakamichi, y cada media hora el cucú de un reloj de madera.

Los sonidos del silencio son allá afuera. Los nuevos sonidos del silencio lo componen una serie de ausencias que antes ni se notaban de tanto oírse y repetirse.

Ya no se escucha el sonido de las guadañadoras de los jardineros que podan el césped en los antejardines vecinos o en el parque. Ya nadie pita con impaciencia para que un vigilante le abra la puerta del garaje. Hace días no pasa la motoneta engallada que desde hace al menos un año, de lunes a domingo a las 9:30 a.m., perifoneaba el sonsonetudo bucle “rica y deliciosa la mazamorra antioqueña con panela y queso, deliciosa la rellena calientica…”.

En este nuevo paisaje sonoro desapareció el ruido de fondo de la avenida 19. Está ausente el ronco sonido del monumental trancón que a las tres de la tarde provoca la salida de los buses y busetas del Colegio Leonardo Da Vinci.

No volvió a escucharse el chorro de agua de las mangueras del lavadero de carros de la esquina. Allí no volvieron a dispararse alarmas, como tampoco la música de carrilera que de tarde en tarde salía de los potentes altavoces de alguna camioneta blindaba que esperaba su turno para lavada y polichada.

Y en las dos cortas caminatas que he hecho al supermercado no percibí el insoportable ruidajo de los mototaxis que suben por la 127. En esta calle desierta, las únicas señales de vida allá afuera son muy pocas. El sonido de la moto de algún mensajero que pasa cada media hora, cada hora; el ladrido ocasional de los perros de la casa de enfrente; la música que sale por raticos y a muy bajo volumen de la terraza del edificio vecino. Imagino que se trata de algún joven amante del reguetón que mata el desespero que le provoca el encierro en su apartamento y busca algún consuelo como DJ de una rumba imaginaria y la vista que le ofrece un sexto piso al aire libre.

Me asomo por la ventana y todo está quieto. Muy de tarde en tarde pasa alguna bicicleta o alguien con tapabocas que pasea un perro. Oigo que por la carrera 19 cada cinco o diez minutos pasa un carro a gran velocidad. No alcanzo a verlos, ni idea si sin son carros o si son fantasmas. Aún no sé si logre acostumbrarme a los nuevos sonidos del silencio.

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