Sobre la racionalidad argumentativa y la religión como persuasión

"El pensamiento crítico no surge de acercar a los estudiantes a la enseñanza religiosa, sino, por el contrario, al alejarlos de ésta": Joaquín Robles Zabala

Por Joaquín Robles Zabala

Lamento decepcionar a los amigos que me escriben asegurando que las ideas de los otros se respetan. Pues no. Las ideas, estoy convencido, no se respetan. Las ideas se debaten con argumentos. Es decir, con otras ideas. Además, ningún argumento es sagrado. Si así fuera, estaríamos todavía en la caverna, para quienes defienden la teoría evolucionista, o en el Paraíso, para quienes le apuestan al mito de la Creación. La sacralidad no existe, como tampoco existe la perfección. Las ideas no son dignas de devoción porque todas llevan su enorme carga de subjetividad, y la subjetividad es personal, y lo personal inserta el criterio, lo que da origen a la crítica. Se puede estar de acuerdo con las ideas del otro, pero esto no implica su aceptación irrestricta, o su veneración. Mis ideas no son la última palabra –de eso no tengo dudas–, mis ideas buscan un destinatario que las contraargumente, no que las sacralice. Ni más faltaba.

Ninguna ciencia, hay que dejarlo claro, es una verdad en sí misma, ni ninguna verdad es sostenible en el tiempo. La comprensión del mundo tiene como destino la búsqueda, una que pretende llegar a la verdad, pero que, como búsqueda, puede durar toda una vida, cien años o una eternidad. Lo que hoy veneramos como cierto puede constituirse más adelante (décadas o siglos, tal vez) en una falacia, un castillo de naipes que no resistirá una demostración. La ciencia ha desmontado premisas que se consideraban axiomáticas. Las costumbres de una comunidad pertenecen, sin temor a equivocación, solo al ámbito de esa comunidad: sus creencias, su forma de mirar e interpretar el mundo que les rodea. Esa mirada, por supuesto, no debe trascender necesariamente el sistema de creencias de otras comunidades. Recuerdo haberlo expresado así en un colegio de pelaos ricos donde trabajé en Cartagena (al inicio de mi labor docente) y me echaron.

Sin ningún otro argumento que el poder que da estar al frente de una institución, la rectora consideró peligroso para la comunidad ortodoxa estudiantil tener al frente a un tipo que ponía la Biblia a la misma altura de los cantos homéricos y consideraba el Génesis un relato que no tenía nada que enviarle a la magia desplegada en las novelas de “Harry Potter”. Si la señora hubiese sido liberal, habría aprovechado la oportunidad para abrir un debate sobre la libertad de pensamiento, de opinión, de creencias o de expresar lo que se desee siempre y cuando se sustente con argumentos. Pero no. Tomó el camino más corto: cerrar la discusión tirándome las puertas en la cara.

Toda creencia, lo admitamos o no, tiene sus bases ancladas en una realidad, una que, ante la imposibilidad de ser explicada de manera racional, como ocurrió con las primeras civilizaciones, recurre al mito. Recuerdo haber expresado en una clase (a un grupo de estudiantes del último grado) que esa idea del paraíso bíblico era solo un cuentecito que buscaba dar razones de la aparición del hombre sobre la Tierra, un mito que estaba presente en la gran mayoría de las culturas antiguas y que me parecía de una profunda superficialidad tomarlo como una verdad de a puño solo porque estaba consignado en un libro que había sido escrito hacía más de 3500 años por unos señores que aseguraban les había sido dictado (palabra por palabra, con sus respectivos puntos y comas, supongo) por otro señor del que nadie tenía certeza de su existencia.

El asunto no radicaba en que si lo expresado había salido de la boca de un ateo o de un creyente. No. El asunto consistía en cómo construir desde el punto de vista argumental las premisas que permitieran dar razones sobre la existencia de alguien que ganaba, de lejos (utilizando la analogía boxística) por nocaut en cuanto a su abstraccionismo. Lo otro tenía que ver con el libro en mención: pertenecía a una cultura específica y a un momento específico de la historia. Es decir, era un manual que insertaba relatos nacionales y normas que afectaban a un pueblo en particular. No a los egipcios. No a los griegos. No a los árabes ni palestinos. Solo al pueblo hebreo. Que un grupo de jóvenes de último grado no asimilara a profundidad este hecho, era apenas entendible. Lo que no estaba claro era que ese ostracismo mental viniera de alguien que ostentaba el título de docente y cuya misión es la formación de las nuevas generaciones de ciudadanos.

No entender, o no tener claridad de que la argumentación es a la educación lo equivalente al aire que respiramos, que esta surge de hechos cuya interpretación puede resultar controversial, y que, por lo tanto, amerita ser justificado, solo confirma que, en muchos aspectos, nuestra educación cojea. El pensamiento crítico no surge de acercar a los estudiantes a la enseñanza religiosa, sino, por el contrario, al alejarlos de esta.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: [email protected]

(*) Magíster en comunicación.

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