Enflechados

Por Andrés Ospina

Cuando expongo mi celular, un Nokia con carcasa color azul encendido que encontré a 50.000 pesos en Mariquita, suelen reprocharme. Que si esas ‘flechas’ todavía se consiguen. Que en qué hueco me rebusqué semejante armatoste. Que no pueden creer que dichas ‘panelas’ funcionen. Que si estoy ‘arrancado’ ellos me prestan. Que ahora hay unos modelos buenísimos a cuotas. Que por qué no tengo iPhone, Samsung o Huawei. Que no pelee con la tecnología. Que deje tanta mamertada.

Existe en la civilización presente cierta “presunción de conectividad”. La gente no te pregunta si usas smartphone. De entrada lo dan por inobjetable. Arremeten con su impertinente “dame tu WhatsApp”, como si el empleo de éste fuera cuestión de normalidad. Ante tantos cuestionamientos acostumbro hacerme el idiota (difícil no me queda). Pero he ido notando cómo esta minoría de renegados contra la telefonía inteligente viene siendo cada vez ‘menos minoritaria’. Así, pues, intentaré recoger el sentir de quienes por embelecos ideológicos no tenemos ni nos interesa tener el dichoso WhatsApp ni smartphone. Aquí voy…

Para comenzar, algunas precisiones. No todos los exponentes del ‘flechismo’ somos cavernícolas digitales, ilíquidos o tecnófobos. Algunos, incluso, padecemos de adicción a Facebook, a Twitter o a YouTube. La hiperconectividad, no obstante, acentúa aquellas pulsiones de revisar estas u otras plataformas cada tres segundos. Mejor evitarse la tentación. Otros nos resistimos a sumarnos a esos enajenados que ofrendan su atención entera al ‘meme’ de turno, al perpetuo chateo o que terminan degradados a víctimas de cadenas de oración, chistes malos, pánicos virales, noticias mentirosas, fotos falsas, polarizaciones, ventas en línea, mensajes de voz o máximas de autosuperación.

Algunos más preferimos la seguridad personal, la intimidad, la libertad de no ser acosados laboral y digitalmente a cada segundo u optamos por el uso racional del dinero. Jamás destinaríamos tres millones –ni siquiera 300.000– a la adquisición de un artefacto que en 24 meses, por obsolescencias impuestas, habrá de tornarse anacrónico. Otros cultivamos cierta paranoia razonable: poseer un celular con GPS, acceso a correos y mensajes personales y a información bancaria es pagar por ser espiado. Otros encontramos incómodo poner tildes y signos de puntuación en forma fluida sobre una pantalla minúscula y con teclado intuitivo. Y otros más nos sabemos distraídos o “de malas” y evadimos el sinsabor de dejar el aparato ése botado en una mesa, a disposición de cualquier hacker sin escrúpulos o de determinado cretino que salga corriendo a ofrecerlo barato en el ‘mercado del hurtado’. Los teléfonos no inteligentes funcionan como repelentes –perdóneseme la cacofonía– para el hampa. Las posibilidades de ser víctimas de robo disminuyen de manera considerable cuando llevas un ‘tiesto’ como el mío contigo.

Entendible que muchos, por exigencias laborales o sociales, o porque se les antoja, elijan emplear los aparatos aquellos o se muestren forzados a hacerlo. Pero también lo es que no todos queramos someternos a las presiones del agobio digital. De ahí que antes que una jauría de desubicados, los no usuarios de telefonía inteligente vayamos ganándonos el status de resistencia libertaria contra ciertos vicios del siglo XXI: la era en que los teléfonos son cada vez menos teléfonos. Por eso temo en demasía a aquel día ya anunciado, cuando las redes 3G, esas por donde entiendo circulan nuestras llamadas, desaparezcan para dejar las 4G como únicas opciones y confinarnos al sometimiento definitivo. Hasta el otro martes.

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