¿Me das tu clave?

@elGrafomano

Por Andrés Ospina

Digamos que eres buena gente y confías. Digamos que un día conoces a alguien que acaba de mudarse al apartamento contiguo y de entrada te despierta simpatía porque a diferencia de los demás te saluda y sonríe en el ascensor. Digamos que le lanzas un hospitalario: “tímbrame si necesitas azúcar o un abrelatas”.

Digamos que los instaladores de internet son incumplidísimos. Digamos que, en consecuencia, ese alguien lleva dos semanas esperándolos “en la franja de las 8 a.m. a las 6 p.m.” sin que el servicio al cliente haga más que “escalar el caso al área encargada”. Digamos que entonces, muerto o muerta de la vergüenza, el alguien aquel te suplica que le compartas la clave de tu Wi-Fi “por unos diítas”.

Digamos que vacilas, incapaz de inventarte una excusa decente, pero al final, compasivo, aceptas. Digamos que, debido a tu ingenuidad tecnológica o a tu carácter ‘elevadizo’, en lugar de digitarla en el dispositivo permites que tu nuevo vecino(a) la consigne en un cuaderno o la escribes en un post-it que ya pegó a la nevera. Digamos que en principio no te preocupas. Digamos que después meditas si debiste hacerle jurar no revelarla, exponerla ni descararse consumiendo un ‘tera’ diario de datos a cuenta de tu filantropía.

Digamos que te tranquilizas pensando que socorriste al prójimo o a ‘la prójima’ y que esto será pasajero y compensado por el karma. Digamos que notas las descargas lentas, el video ‘quedado’, la conexión irregular, los correos atascados y los juegos truncos. Digamos que “algo se está comiendo tu ancho de banda” y que los culpables tienen que ser él o ella… Ese, esa o esos con quienes reproducen, sin invitarte y bajo la penumbra, aquella música en línea de la que tú no gustas, volviendo vilmente tu generosidad contra ti y desatando tremenda jodienda que te deja sin NetFlix y sin YouTube para consolarte tú solo. Digamos que esto te sucede por unas dos semanas.

Digamos que te enojas, pero que la franqueza no se te da y evitas confrontarte. Digamos que decides modificar la clave sin avisarle y ruegas al santo de los evasivos nunca cruzarte con el fulano o la fulana en zonas comunes porque “¡qué jartera!”. Digamos que un mal día se tropiezan y que él o ella anticipa cualquier discusión relatándote con gratitud y convincente vergüenza que ya “hace días vinieron los instaladores”, mientras tú barajas satisfecho la opción de que tal vez ni haya notado el veto. Digamos que la velocidad vuelve y tu tranquilidad también.

Digamos que recibes una carta de la Fiscalía o de algún organismo de inteligencia. Digamos que, según monitoreos y evidencias, desde la IP a tu nombre han sido perpetradas ilegalidades que van desde fraudes bancarios hasta chantajes digitales, sin olvidar otras modalidades delictivas de espionaje, estafa e, incluso, ciberterrorismo. O digamos, por qué no, que el remitente no es la Fiscalía, sino la vecina o el vecino mismos, tan queridos ellos, quienes pretenden chantajearte con imágenes y datos robados de tu intimidad mientras tú te regodeabas de lo ‘bacán’ que fuiste ‘facilitándoles’ la clave y preguntándote por qué el streaming te estaría fallando. O, si quieres, digamos que están esquilmándote el saldo bancario mientras tú dilapidas tu tiempo leyendo esto. Digamos que así pensamos los paranoicos. Y digamos que a veces acertamos. Hasta el otro martes.

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