Dolores bajos

Por Nicolás Samper

Es un dolor puramente masculino. Describirlo resulta difícil a pesar de que es muy claro cuando hablamos de eso con los hombres. Casi que es una convención común pero explicarlo, por ejemplo, a las mujeres, no resulta tan fácil. Por eso me refiero a que es un dolor masculino, sin machismos ni mucho menos, es que no sé cómo la mujer podría tener una sensación similar. Pasa igual cuando uno les pregunta a ellas sobre un cólico: algo podemos imaginar pero resulta imposible saber exactamente lo que ellas sienten.

Pero empecemos a dilucidar por qué una columna de deportes hoy no está dedicada a la suspensión de varios encuentros en la Serie A por el riesgo que supone el coronavirus; o por qué no estamos describiendo las soluciones tácticas utilizadas por Atlético Nacional que sirvieron para doblegar en el clásico al Deportivo Independiente Medellín; o por qué no detenernos en el tremendo chaparrón que obligó a que el encuentro Tolima-Junior tuviera una segunda parte el domingo a las 9:30 de la mañana; o en el nivel de Cuadrado en Juventus. Porque a veces hay cosas menos importantes que son de la mayor importancia.

Y un video despertó las alarmas de escritura en torno al dolor que alguna vez hemos sentido en las partes pudendas. Pero antes de seguir vale la pena intentar describir una sensación que es indescriptible: imagine usted estar siendo parte de una barrera tumultuosa que tendrá que evitar que un tiro libre termine en gol. La imagen es clara: todos se llevan el puño cerrado sobre los testículos por protección y se cruza el brazo a manera de cabestrillo sobre el pecho para que un potencial balonazo no nos deje desinflados. El disparo sale y cuando va directo al punto débil, cuando va hacia la entrepierna, uno sabe lo que vendrá: es un impacto que genera sensaciones diversas, una de ellas, que todos los canales que hacen conexiones por allá abajo empiezan a trasladar agua hirviendo. Y que los testículos de repente, se empiezan a hinchar, así solo se trate de una sensación y una realidad. Y el cierre del padecimiento es una especie de falta de aire en la pelvis, que nunca se va.

Todo este carrusel de horror se me vino a la cabeza cuando supe la historia de Zach McWhorter, estudiante de 21 años de la Universidad Brigham Young de Utah (Estados Unidos), experto en salto con pértiga. Estaba en una competencia universitaria, tomó la garrocha como si fuera Sergei Bubka, se impulsó, saltó y cuando iba por los aires pensando que su ejecución había sido perfecta, la punta de la pértiga -que caía armónicamente al mismo tiempo que él, se le enterró en el escroto. Fueron 18 puntos de sutura que me hicieron recordar lo débiles que somos.

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