Buena energía

Por Adolfo Zableh

Mucha gente se ha quejado recientemente en redes sociales por los continuos cortes de electricidad en Chapinero, y me parece raro, no porque protesten, sino porque apenas hasta ahora hayan empezado a hacerlo. Yo me mudé a Chapinero en 2008 y una de las primeras cosas que noté, además de que era el sitio perfecto para ir a pie a todos lados, era que se iba mucho la luz.

En estos 12 años ha habido más de un día (más de dos, más de tres, más de cuatro) en que se ha ido la luz al menos ocho veces, con cortes breves, pero repetidos, porque, salvo excepciones, una de las características cuando se va la luz en Chapinero es que vuelve rápido, lo cual no representa ni de cerca un elogio a Codensa. En 2008, tenía una amiga que trabajaba en dicha empresa y cuando le preguntaba a qué se debía tal fenómeno, me respondía que la subestación que abastecía a Chapinero era muy vieja y sufría problemas a cada rato, especialmente cuando llovía. Era vieja hace más de una década atrás, calcule usted ahora.

El punto es que durante 12 años me sentí un llanero solitario, peleando solo contra el monstruo y preguntándome si el raro del barrio era yo, mientras que el resto de sus habitantes gozaban de un fluido eléctrico parejo y continuo. Una vez llamé a la línea de atención al cliente de Codensa, en otra ocasión fui hasta una de sus oficinas y por último me quejé por Twitter; en ninguna de las tres oportunidades recibí respuesta alguna. Por eso es un alivio saber que los refuerzos se demoraron, pero llegaron. Doce años suena a mucho, pero en Colombia, donde las cosas suelen tardar demasiado o no llegar nunca, una década y un quinto es un suspiro apenas, como mandar un paquete por correo y pagar extra para que llegue al día siguiente.

Quién sabe cuántos disgustos y cuántos electrodomésticos fundidos hemos tenido que aguantar los usuarios para que ahora Codensa haya puesto la cara, y falta esperar a ver si cumple con la promesa de mejorar el servicio. A un amigo le quemó una nevera, y a mí me pasó lo mismo con un televisor y un microondas, utensilios que preferí reemplazar con mi bolsillo en vez de meterme en una batalla que estaba perdida desde antes de empezar a pelearla. De hecho, es un milagro que no se me hayan quemado más cosas. Una de las formas de saber si se fue la luz es llegar a la casa y prender el decodificador de la televisión por cable: si está en el canal de inicio, donde sale el menú principal, es que se fue la luz en mi ausencia. Pues adivinen, no hay viaje o salida de fin de semana en que regrese a casa y el decodificador no se haya reiniciado. Y no hay que ausentarse durante días para que tal cosa ocurra, puedo salir unas cuantas horas y al volver estar sin televisión.

Y encima hay que ver por lo que llega el recibo ahora que no solo subieron las tarifas, sino que le metieron el cobro del aseo y un subsidio para salvar a Electricaribe. Hace poco vi una entrevista en la que los de Codensa decían en su defensa que eran 10 veces mejor que Electricaribe, como si eso tuviera algún mérito. Si Electricaribe no es malo, es perverso, e incluso más que perverso: es lo que está más allá de lo perverso. No existe en el español, ni siquiera en el alemán, que tiene una palabra para todo en esta vida, un término para definir la porquería de servicio que presta esa gente. Es como si Messi dijera que juega 10 veces mejor al fútbol que yo. No pues, celébralo curramba.

Mi cuñado no puede ser más gringo: es nieto de irlandeses e italianos y vive en Nueva York. El otro día se fue la luz mientras hablaba con él por WhatsApp colgado de mi red de internet, por lo que inmediatamente me cambié al plan de datos de mi celular. Lo llamé para explicarle por qué se había cortado la llamada y no pudo entenderme. ‘¿Cómo así que allá se va la luz?’, preguntó. Suena muy a blanquitos en problemas, pero es que ese es el punto: en un país desarrollado, la electricidad solo se corta cuando algo extraordinario ocurre, a diferencia de acá, donde hace ya parte del paisaje. Desde lo más grave como que se roben nuestros impuestos hasta lo más cotidiano como no tener luz, los colombianos nos hemos acostumbrado a vivir entre la pobreza, la corrupción y la incompetencia, y aun así nos la arreglamos para no salir de los 50 países más felices del mundo.

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