La ciudad secuestrada

Por Adolfo Zableh

Volví a Bogotá esta semana luego de unas inmerecidas vacaciones y la realidad del transporte público me golpeó en la cara. No cogí TransMilenio ni Sitp (eso vendrá con el correr de los días), sino que tomé un taxi del aeropuerto, que son los que más abusan del usuario en la ciudad, lo que ya es mucho decir.

De arranque, nunca tienen la tabla de precios, olímpicamente la esconden. Luego ve uno que el taxímetro es más bien cronómetro y que lo que el taxi marcó de su casa al aeropuerto el día que salió de vacaciones, se aumenta considerablemente en el camino de regreso días después. En mi caso se sube entre 50 y 60 unidades, como si al camino le hubieran aparecido mágicamente cinco kilómetros más. Por cuenta de eso, taxi al que me subo no le despego los ojos al taxímetro y me sé de memoria cuanto debe marcar en X o Y punto. Y cuando lo noto desfasado (casi siempre) se lo hago saber al conductor. Pues los taxis del aeropuerto siempre están desfasados, y encima al llegar al destino le vuelven a cobrar al usuario los 4000 pesos de recargo, cifra que ya está incluida por defecto cuando se enciende el taxímetro. Es decir, entre el doble recargo y el taxímetro adulterado, paga uno tranquilamente 10.000 pesos de más.

Y en manos de gente así vamos a quedar ahora que Uber se va a ir de Colombia. Quiero creer que es una pataleta y que entre la marca y el Gobierno van a llegar a un acuerdo, pero si eso no llega a ocurrir, no veo cómo nos vamos a mover, no me visualizo buscando taxi a las 6:00 p.m., rogándome para que me lleven y pagando lo que se les dé la gana. Tampoco me veo saliendo en la noche y montándome en un taxi a las 2:00 a.m., donde el conductor dice abiertamente, todo cínico e impune, que no va a prender el taxímetro y que una carrera que normalmente cuesta 6000 pesos ahora vale 20.000.

Estamos a merced de personas que cometen acciones que rayan en la delincuencia y aterra bastante sentirse en manos de personajes como el taxista que graba videos degradando a la mujer y a los conductores de Uber, un hombre que busca protagonismo a toda costa, y lo peor es que obtiene lo que quiere: a punta de decir barbaridades se ha hecho famoso porque nos encanta darle vitrina a gente así. ¿Qué tipo de ciudad es esta? ¿Por qué no nos hemos ido? Y ya que decidimos quedarnos, ¿por qué hacemos todo lo posible para empeorar su movilidad en vez de mejorarla? ¿Por qué hay políticos apoyando que los taxis prevalezcan sobre Uber? ¿Por qué nadie denuncia la existencia del cartel millonario de los cupos de taxis que vuelve al servicio que prestan poco competitivo?

Uber no será la gran maravilla. Es caro, sus conductores usan Waze hasta para ir al baño porque parecen no conocer una sola calle de esta ciudad, y a veces cancelan para que uno vuelva a pedirlos y la carrera cueste más, pero con todo y eso es mejor que tomar un taxi, así de mal estará ese gremio. Muchos taxistas aún no entienden que la manera de prevalecer no es aplastando a la competencia con violencia y jugadas políticas como si fueran una mafia (que lo son), sino subiéndole el nivel al servicio que prestan. Ir de la mejor manera posible del punto A al punto B es uno de los principios básicos de la vida en las grandes ciudades, una misión cada vez más complicada en la capital de Colombia.

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