Cuarenta y siete sesenta y ocho

Por Adolfo Zableh

El calendario dice 2020, pero si usted mira esta casa a través de mis ojos, es 1984. Calle 95 # 47 -68 en Barranquilla, donde pasé mi infancia. Casi no la encuentro porque ha cambiado mucho desde entonces. Donde están los palos de mango había un almendro gigante, y buena parte del piso de baldosa roja que no me gusta para nada era grama. En mi época también había reja, pero era bajita y abierta, no como la de hoy, que más o menos dice no te acerques. La reja de mis días te invitaba a entrar porque mi casa, como casi toda la ciudad, era un lugar de puertas abiertas.

Una de las cosas que más me llamó la atención mientras buscaba mi vieja casa es cómo cambia de tamaño el mundo. De niño mi cuadra era larga y ancha, mi casa era un condominio y las casas de mis amigos quedaban a horas de camino; hoy todo es diminuto, apiñado y cualquier desplazamiento es como un dar un brinco. Hasta el garaje cambió. Está a la derecha de la fachada y a mis siete años era un hueco gigante imposible de llenar; hoy no entiendo cómo hacía mi padre para meter y sacar todos los días el campero Nissan verde que manejaba con el que llegó un día de la nada después de habérselo comprado a una empresa distribuidora de leche.

En el jardín que daba a la calle había rosas que cultivaba mi abuela. Eran azules y amarillas y coronaban arbustos largos y delgados como sus manos. La gente siempre hablaba de las rosas rojas, pero para mí eran un mito. En mi infancia solo había rosas azules y amarillas. Mientras eso ocurría en el frente, el patio de atrás era una selva. Árboles de papaya, guayaba y de granada, una vid con la que hacíamos hojas de parra caseras y a la que yo le robaba las uvas verdes y una cantidad de plantas que no daban nada y que nunca supe cómo se llamaban. Algunas tenían hojas gigantes como si vinieran de los tiempos de los dinosaurios, mientras que otras venían con hojas retorcidas de color morado, rojo y amarillo. Había parches de grama y de arena, y un tanque de agua de 500 litros para cuando se fuera el agua, que era casi siempre en esa Barranquilla de los ochenta. Va uno a ver y treinta años después, en la Barranquilla de hoy también se va mucho el agua. Otra de las cosas que me despistó de la fachada es que la puerta lateral que daba entrada directa al patio desde la calle, ubicada al lado del garaje, tampoco existe ya.

A la casa no volví a entrar desde que me fui, aunque el otro día soñé con ella. Era el futuro, pasaba por esa calle y todo era un caos, futurista y decadente, mezcla de una película apocalíptica y un capítulo de Los Supersónicos. En la base, las casas de toda la cuadra seguían siendo las de los ochenta, pero les habían ido sumando pisos y anexos según la época, convirtiendo todo en algo asimétrico, mezcla de diferentes tipos de arquitectura.

Quisiera pensar que fui feliz allí, o más bien, que mi sensación de felicidad de esos días no es un invento. Y aunque estoy lleno de recuerdos alegres como partidos de futbol callejeros y armadas de pesebres en diciembre, también tengo claro que un día quise irme porque sentía que mi estadía era insostenible. Tendría nueve años y me escapé con mi ula ula fucsia y medio limón (ni siquiera uno), elementos que consideré suficientes para sobrevivir mientras cumplía la mayoría de edad y podía valerme por mí mismo. Recuerdo haber regresado quince minutos después luego de atravesar calles por las que nunca había andado por mi propia cuenta, calles que seguramente me parecieron más hostiles que mi propio hogar.

Un día sí nos tocó dejar esa casa a todos y fue como si algo se quebrara. Es increíble cómo decisiones que parecen ser pequeños cambios cotidianos, como mudarse de vivienda, pueden terminar cambiando tu vida parta siempre. Todo está tan lejano ya que no sé si a partir de ese día nunca volvimos a ser felices, o si es que en realidad nunca lo fuimos; lo que sí tengo claro es que nunca nada en nuestra familia volvió a ser igual después de dejar la casa de la 95. A partir de ahora empiezo a procesarlo a ver si lo entiendo.

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