Los cuentos de Antonio José

Por Nicolás Samper

El tiempo nos vino a juntar en 2011. Él seguía en RCN y yo, con alguna experiencia en los micrófonos, estaba lejos de determinar que mi destino estaría ahí, en la eterna y perdurable radio. Un día Caballerito –como le decíamos con cariño a Antonio José Caballero, el reportero de Colombia– fue de visita al programa que hacíamos con Casale. Antonio, con la visión suficiente como para saber que el viejo zorro estaba siendo desaprovechado en otros espacios, le propuso que subiera a echarnos sus historias en el oficio cuando tuviera ganas. Fue que el director le comentara eso para que Antonio José se quedara por siempre ahí, como parte del programa. El beneficio no era exclusivo para los oyentes: nosotros boquiabiertos parábamos bolas a sus relatos. Ahí nació una sección llamada igual que esta columna.

Y todo esto va a que el América en Cali le ganó al Junior y pudo levantar su decimocuarta estrella, sacudiéndose así de todo el dolor que produjo en su gente esa permanencia infernal de cinco años en esa segunda división que pareció producir ese efecto de las películas cuando se habla de arenas movedizas porque el América, mientras más pataleaba y se esforzaba, parecía hundirse mucho más rápido.

Y Caballero era diablo rojo hasta la médula. Y le pegó la relegación del club aunque él, con esa gracia tan única en él y por la que uno no sabía si echaba el cuento malgeniado o apasionado, decía que el América que le tocó era la modesta “mechita”, la que peleaba muy desde abajo para casi siempre morir en la orilla, la que tenía en el arco al Indio Montaño, (para Caballero el mejor arquero que vieron sus ojos de niñez) el mismo que usaba sacos a rombos y que se la pasaba “fumando vainas” por el parque del Perro,  aunque se ilusionó dos veces en ese perder de la inocencia: con el equipo de Pedernera en el 60 y con el de Tocker en el 67.

Una tarde que lo llevaba en mi carro hasta su casa –Antonio José tenía un automóvil que dejaba siempre guardado en el garaje porque la ductilidad en la conducción no era una de sus virtudes– me contó sobre Tarrino Bueno y las carcajadas que le hizo sacar en la tribuna. No le parecía un crack pero sentía un especial cariño por él porque se parecían en temperamento: Tarrino y Caballero se prendían sin necesidad de ser empujados. Y, mientras me hacía seguir al 102 y me condenaba a dejar mi carro esa noche en su casa e irme en taxi porque “cómo-te-vas-a-ir-sin-echarte-un-whisky”, me relataba que el genio de Tarrino Bueno se metía en todas las peleas, pero que antes de liarse a trompadas, se iba hasta el arco propio y dejaba guardada al lado del palo su prótesis dental. Un rival se dio cuenta en alguna ocasión y le escondió la caja. Fue tal la rabia que aunque Caballero no recordaba el partido, sí sabía que había sido la vez que el pobre  Tarrino había repartido más golpes en su vida con tal de recuperar su pianola.

El triunfo americano me hizo pensar en muchos amigos rojos que tengo (Christian Mejía, Gregorio Peñaloza, Chucky García, Alejandra López, Pacho Romero, Tomás Aguirre, Guillermo Díaz Salamanca y tantos otros), pero sobre todo en el gran Antonio José.

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