El Doctor Rock

Por Andrés Ospina

La mente se me desvía más de 30 años atrás, cuando la calle 19 de Bogotá, en cercanías de la Séptima, era el epicentro en donde tantos melómanos merodeábamos unas casetas azules claras sembradas sobre el andén. Vendían discos y libros. Dichas tiendas terminaron desalojadas de la zona, calculo yo, comenzando los noventa. En su reemplazo aparecieron locales en edificios de comercio aledaños. Ahí, dentro de uno llamado Vía Libre, conocí personalmente a Gustavo Arenas, protagonista de la escena rock nacional de los sesenta y setenta, y en aquel tiempo propietario del almacén Rock-Ola, resucitado hace poco.

Para entonces casi todo fanático del rock en la capital colombiana sabía de él vía radio, prensa o televisión. Era frecuente leerlo bajo el seudónimo de Doctor Rock en medios como El Espectador o La Prensa, con textos que para muchos constituyeron una iniciación cultural en eras pre-wikipédicas. Bien reconocida resultaba su labor de mecenazgo en producciones como Espías malignos, el primer sencillo de Darkness, banda de metal.

Pienso en el Doctor Rock y evoco a un hombre amigable, conversador compulsivo, consecuente, honesto, descomplicado, generoso y con voz de cascarrabias. También a un visionario. Una vez, cuando el disco compacto comenzaba a desplazar al formato de 33 r.p.m., Carlos Reyes, de La Killer Band, le oyó profetizar: “En 20 años la gente va a guardar la música en un computador”. Gustavo no sólo se mostraba versado, como su remoquete pareciera sugerirlo, en cuestiones de rock. Sus conocimientos eran universales y enciclopédicos, tenía su propia y muy lúcida versión de la historia de Colombia y era amante irrestricto de Millonarios y de Bogotá. Divertía oírlo contar sus correrías por Estados Unidos, verlo corregir cuando alguien incurría en determinada ligereza histórica en relación con el rock o arrancarle algún fragmento de su biografía entre ‘refunfuños’ y alegatos. Un carácter único y sincero del que da cuenta el documental en su honor dirigido por John Fernando Velásquez.

Los años me permitieron compartir algunos momentos y dimensionar cuán dulce y gentil era él, bajo esa coraza de aparente aspereza. Uno de los más memorables, cuando le dejé “en consignación” 12 unidades del CD de mi banda, Contrabanda, ninguna de cuyas copias fue, por supuesto, vendida. Otro, al abordar a principios de este siglo un taxi sin percatarme de quién venía piloteándolo. El radio reproducía un álbum de Yardbirds, repertorio poco probable dentro del transporte público local. Resultó que el conductor era el mismísimo Gustavo, con quien aquella noche rematamos compartiendo unas cervezas en cierta panadería de La Perseverancia. Luego coincidimos como colaboradores de la desaparecida revista Cambio.

Recuerdo cuando se enojó con sobrados motivos porque, sin que mediaran malas intenciones, un amigo periodista al servicio de la alcaldía utilizó una imagen suya para promocionar un programa de reinserción distrital etiquetándolo como “habitante de calle de la tercera edad”. “Yo llevo 50 años fumando ‘bareta’, pero habitante de calle no soy”, reclamó furibundo. También su pronunciamiento a propósito del concierto de McCartney en Bogotá a través de Publimetro: “Allí se reunirán ‘wannabes’ de todos los estratos (…) Si conocieran tanto de música, ¿por qué cuando vino Jeff Beck hace dos años sólo fuimos 300?”. La noticia me recibió ayer al despertarme: Gustavo Arenas se marchó de este mundo con destino a la eternidad. Nadie que lo haya conocido podrá olvidarlo. ¡Hasta siempre, Doctor Rock!

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