Al tiempo

Por Andrés Ospina

Miro hipnotizado el péndulo del viejo reloj Ansonia que conmigo comparte sus horas. Me pregunto por qué un día el tiempo viene a adueñarse de cuanto creímos nuestro y nos arrebata el sueño. Se aparece transfigurado en fantasmas o se infiltra mediante una foto que salta de un cajón para demostrarnos cuánto ha cambiado todo. Se apodera del espíritu, convertido en fragancia. Nos asusta o nos conmueve al manifestarse en esa voz que se va opacando, en ese vigor que se hace cansancio o en una elocuencia antigua que se deviene taciturna. Se nos nota en la cara, en esa línea clavada sobre el entrecejo, en un recuerdo, en un olvido, en una cicatriz, en determinado anacronismo, en cierta cana, en los dientes, en el acento, en las frases, en un inmortal que se muere, en una nostalgia que ‘al tiempo’ duele y deleita; o en algún nuevo remilgo que nos brota de repente, como una mancha debutando en la piel.

Amangualado con la naturaleza, el tiempo corroe lo inamovible y derrumba cualquier certidumbre. Incluso aquella de que el tiempo mismo importa. Pese a que intentemos ignorarlo, el tiempo no da tregua y va lento e implacable, como una aplanadora. ¿Ya lo sienten aproximarse? Por si no, ahí, igual, viene avanzando… con su efecto borrador y su ritmo perfecto de dos por cuatro, de a pocos o de súbito, según sus caprichos, siempre impredecibles. Allí va cabalgando con su carga de lecciones, sus bromas crueles, sus achaques, su ‘irrecuperabilidad’, sus oportunidades e ‘inoportunidades’, su inventario de ganancias y pérdidas y su portafolio personalizado de paradojas. Allá se percibe en el rumor de aquellos a quienes hemos contemplado esfumarse, o en la subversión de esos que, arrogantes, pretendemos desafiarlo a fuerza de legados.

Reloj

No hay autoridad más irrevocable que la del tiempo. No existe jovialidad que se le resista ni palabra que lo explique. Por eso nos obsesiona a tantos. Contabilizamos el que hemos vivido y hacemos estimados imprecisos con respecto al restante. Diligenciamos agendas y diarios. Memorizamos fechas. Somos puntuales. Llegamos quince minutos tarde. Grabamos momentos, luchando por eternizarlos. Creemos aprovecharlo o desperdiciarlo mientras vamos marchitándonos. Como sea, “llegado el tiempo”, vendrá el tiempo a enseñarnos que no hay invulnerable, exonerado ni medicina o estrategia para combatirlo. Entretanto, el entorno se plaga de cada vez más calendarios y cronogramas. De interrogantes. De refranes manoseados. El tiempo es oro. Es dinero. Es un invento humano. Es una ilusión. Cada cosa a su tiempo. Todo tiene un tiempo. Dale tiempo al tiempo y aunque no te metas con el tiempo, el tiempo terminará metiéndose contigo… a tiempo o a destiempo.

Son las 2:11 de la madrugada de un lunes, noviembre 4 de 2019. Me lo enrostra este cronógrafo mecánico cuyos campanazos y péndulo han marcado los segundos de decenas de ancestros míos, vivos o fallecidos, desde por lo menos 1890. Me lo corrobora el Kienzle de cuerda con alarma incorporada que me regaló Toña Ximénez Cortázar la última vez que nos vimos. Me lo rememora la obligación que ahora me pesa de entregar esta columna a tiempo. Ese mismo tiempo a quien hoy quiero abrazar, con la familiaridad que lo inatajable amerita. Y sin aspirar a compasión ninguna suplicarle, aun así, que me admita en las huestes suyas como el más resignado de sus súbditos.

 

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