Felipe y Jaraguay

Por Nicolás Samper

Estos jugadores son más juiciosos, me dice Felipe, mientras vamos por la carretera que conduce a Planetarica. Un día, ya hace un tiempo, recogió en su taxi a un par de futbolistas del club y no iban en buen estado. El viaje fue aburrido, pero con estoicismo soportó el trayecto hasta que uno de ellos, que iba como copiloto, iba a arrojar por la ventana una botella para deshacerse de ella. Ahí Felipe tuvo que convencerlo de que no hiciera eso, que le diera la botella. Entonces con su mano izquierda la guardó en el bolsillo lateral de la puerta. Me dice Felipe que ya no hay modales.

El camino es verde y con arcos que forman las copas de los árboles. El centro de Montería va quedando atrás y en una glorieta una decena de hinchas del Medellín se abalanzan a los carros para que los acerquen al estadio de Jaguares. Mientras tanto, los seguidores del local no quieren ser menos y perfectamente van acomodados de a tres o cuatro cristianos en una motocicleta. Y es un decir eso de que van acomodados porque a la vista no es posible la existencia del confort al estar apeñuscados sobre la pobre moto que se ve doblada como un bumerán. En cualquier momento pareciera que se fuera a partir en dos. A medida que se van vislumbrando en el horizonte las torres de iluminación encendidas del Jaraguay, parece haber aún más motos y claro, más cristianos montados en ellas en grupos de cuatro.

Felipe cuenta que en otros tiempos no tan lejanos era común ver a futbolistas que venían a Montería y que jugaban poco: que se la pasaban en el sector de la 41, donde es difícil que alguien no se tome un trago. Que este Jaguares parece más sano y que por ese motivo no se entiende por qué va tan mal en la tabla: a modo de sarcasmo dice que de pronto lo que les hace falta es una copa. Me despido y me dice que hoy hay que ganar porque el descenso está ahí rondando, pero que con Toloza le parece difícil imaginar un triunfo, palabras que después terminaron siendo proféticas.

La asistencia pinta buena. Al menos mejor que el promedio habitual. Ante el complicado momento del equipo de casa, los directivos optaron por permitir la entrada gratuita a los fanáticos que ingresen con la camiseta celeste de los cordobeses y de ahí esos racimos humanos que arriesgan la integridad en la carretera a bordo de una FZ 50 pero todo vale si se trata de apoyar. Y los que olvidaron la prenda en casa pagan boleta, igual que los visitantes. Occidental vale $20.000 y oriental $10.000, aunque un hincha me dice que compre revendida. Vale 30 y se ahorra la fila que está larga.

La gente de Jaguares acompañó en la medida que pudo, pero su equipo no dio respuestas en la cancha: apenas un remate a portería de David González que hizo Anchico en 90 minutos.

De regreso con el 0-1 a cuestas, el último lugar de la tabla como un hecho real y la posibilidad de caer a segunda división como un riesgo cierto, Felipe me dice que para evitar la B no sirve dejar entrar gratis al hincha, sino patear al arco. Y vuelve a tener razón.

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