Un sueño imposible

Por Adolfo Zableh

Leo en la prensa un especial sobre algo que sabemos todos por experiencia propia: tener casa propia es cada vez más difícil. Aunque la vida cotidiana nos enseña cosas todos los días, a veces necesitamos que expertos nos lo confirmen para sentir que no estamos locos, pero sobre todo, que no estamos solos. El especial viene soportado por cifras como que mientras en ciertos lugares de Estados Unidos una persona necesita seis años para financiar una vivienda, en Bogotá lo mismo toma 19 años. En nuestro continente solo Medellín, Río de Janeiro y São Paulo superan en dicho índice a la capital de Colombia.

Hay una vieja regla que dice que uno no debería gastar más del 30% de sus ingresos en pagar la vivienda, regla que se ha ido al carajo porque no hay paridad entre el crecimiento del valor del metro cuadrado y el de los sueldos. Basta con ver la relación entre el valor catastral del metro cuadrado y el ingreso promedio anual de los hogares para ver que las cuentas no dan, y que por muchas ganas que le metamos al asunto, comprar casa es cada vez más difícil. En Bogotá por una caja de fósforos te arrancan un par de cientos de millones de pesos que tardas media vida en pagar. Dicen los indicadores que la demanda ha bajado pero que aun así el precio no disminuye, lo que indica que estamos en una burbuja inmobiliaria que muchos llevan años esperando que explote.

De todos los recuerdos que nos acompañan durante la vida, quizá ninguno tan permanente como los de la casa de nuestra infancia, algo que poco a poco hemos ido perdiendo. Piense en su vieja casa familiar, en la que compraron sus padres o construyeron sus abuelos. Allí se formó usted, conoció la vida, se sintió protegido, se hizo fuerte. Poco de eso queda ahora. Pagar hoy por algo así es imposible: la tierra cuesta muchísimo más y encima vivimos en un mundo de solteros donde con un solo ingreso no se puede pagar por tal cosa. A cambio, llegamos todos los días a lugares donde vivimos porque nos toca y no porque queremos, lo que queda en evidencia cuando vamos al baño, lavamos la loza o nos despierta el ruido de la calle. Tal vez lo hemos subestimado, pero vivir en un lugar que no nos gusta es de esas cosas que traumatizan para siempre.

Hemos avanzado en muchas cosas y retrocedido en otras. Ahora es más barato viajar y comprar ropa, pero estudiar y tener casa se ha vuelto impagable. A los niños de hoy les cobran la mensualidad del colegio como si en vez de enseñarles las letras y los colores los estuvieran entrenando para volver a la Luna después de 40 años de fracasos. El metro cuadrado es una de esas cosas que se cobran por oportunidad, no por precio real. La necesidad de tener una casa es igual a la de enterrar a alguien cuando muere, de sanarse cuando se está enfermo, o al sueño de muchos de casarse, por eso las cobran a precios irreales. Un helado, en cambio, no cuesta nada porque no pasa mayor cosa si no te lo comes. No digo nada nuevo cuando afirmo que cobran es la necesidad. Lo diciente es ver lo mucho que nos gusta aprovechar la oportunidad y disfrutar de estar en una posición dominante.

A veces imagino un mundo justo y pienso que cada ser humano o cada familia debería tener el derecho por nacimiento a un espacio mínimo dónde vivir, diga usted 100 metros cuadrados. Sé que alguien que sepa del asunto me desmontaría el sueño en 30 segundos y me haría caer en cuenta de la estupidez de mi propuesta. Quizá pensar que tener un pedazo de la Tierra que nos pertenece es una locura, pero también lo es pagar 10 millones de pesos por un metro cuadrado en obra gris.

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