El país de los siete enanos o el regreso al bosque de Blancanieves

Iván Duque es quizá el más impopular de los mandatarios que ha tenido Colombia en las últimas décadas. Es quizá la figura que mejor represente la vuelta al pasado: un hombre joven que se pinta el cabello de gris para parecer maduro, pero que, sobre todo, encarna la ortodoxia política, la podredumbre ancestral de los antiguos conquistadores, la voz del pasado: la de la sangre derramada y el ruido de los fusiles.

Por Joaquín Robles Zabala

El siete, al igual que el tres, ha sido considerado por la fascinación supersticiosa popular como un número de la fortuna. La leyenda cuenta que Dios hizo el mundo en seis días y descanso al séptimo. El tres es visto por los cristianos y creyentes como un trípode sagrado porque simboliza la santísima trinidad (y recordemos que Colombia es el país del Sagrados Corazón). Los días de la semana son siete y el presidente facho que gobernó al país durante ocho años dejó en el pajar de la marrullería tres huevitos. En los tres primeros meses del gobierno Duque, según los números que hablan de las violaciones reiteradas de los Derecho Humanos, el asesinato de los líderes sociales aumentó por tres y un años después el señor que ocupa la Casa de Nariño aseguró no tener idea de cómo parar el derramamiento de sangre (porque son muchos los que hay que proteger) ni cómo detener la disparada del desempleo que ya alcanzó en los últimos meses el 10% de los colombianos.

Para los sociólogos e historiadores hay tres posibles representaciones que definen la historia de un país: el statu quo, el cambio que arrolla las estructuras vigentes y el desafío-respuesta. El primero es bien conocido por muchos porque es la defensa de algunos grupos sociales de una estructura atemporal. Son sociedades sumamente conservadoras, religiosas por convicción e incapaces de ceder ante las axiologías dominantes. Este tipo de sociedades se inserta en un primitivismo aterrador, pues se adaptan a las repeticiones, aman los ritos y tienen bien marcadas las diferencias. Son falocentristas como toda religión que se respete, lo que en términos retóricos se traduciría como “el macho por encima de todas las cosas”. Las mujeres siguen siendo importante, pero solo para la reproducción. Son sociedades paradisiacas, algo así como la inercia de la noria que gira eternamente sobre el mismo eje. De alguna u otra manera se niegan al desarrollo. Sus líderes están más cercanos al chamán que al político. No les interesa el cambio porque este implicaría sumergirse en otro entorno, dar un paso a lo desconocido y quebrantar normas milenarias. Todo cambio, por definición, consiste en deshacer los lineamientos existentes, para lo que se requiere, obligatoriamente, de la transformación de las estructuras mentales de una sociedad.

El desarrollo, por definición, es eso: cambios de mentalidad, lo que se traduciría en tomar nuevas decisiones. La segunda representación consiste en cambiar todo. Las guerras internas buscan casi siempre remover las bases estructurales de las sociedades para darle paso a unas nuevas. Pero hay guerras que buscan cambiar todo para que nada cambie. Esta paradoja, expuesta por el afamado conde de Lampedusa en su celebrada novela El gatopardo, es solo una estrategia política, un maquillaje, una forma poco ortodoxa en la que el conservadurismo se disfraza de liberalismo. Entonces vemos cómo la expresión “si que queremos que todo siga como está, es necesario cambiarlo todo” se pone de manifestó en la economía, la política, la salud, la educación y las obligaciones del Estado para con sus ciudadanos. Es un cambio que dibuja un círculo: parte de un punto, hace un giro de 360 grados y termina en el lugar donde empezó. Esta figura lampedusiana ha servido de partida para dibujar la analogía histórica de las naciones latinoamericanas: cómo un golpe militar, por ejemplo, nos devuelve necesariamente al pasado, a reivindicar estructuras totalitarias, a poner de manifiesto el miedo y a aprender a callar para no ser “un objetivo militar”, como afirman los señores de la guerra. Este esquema histórico es una vuelta al primitivismo, o, si se quiere, a las estructuras sociales medievales, donde el derecho de los otros se silencia y solo es posible escuchar la tronante voz del poder. En la novela clásica 1984, George Orwell nos dibuja la paradoja que luego haría célebre el conde italiano: vamos a cambiar todo, que todo parezca nuevo para que nada cambie.

Iván Duque es quizá el más impopular de los mandatarios que ha tenido Colombia en las últimas décadas. Es quizá la figura que mejor represente la vuelta al pasado: un hombre joven que se pinta el cabello de gris para parecer maduro, pero que, sobre todo, encarna la ortodoxia política, la podredumbre ancestral de los antiguos conquistadores, la voz del pasado: la de la sangre derramada y el ruido de los fusiles.

El último de los esquemas es, sin duda, el que mejor define el concepto de modernidad, entendida esta como los cambios estructurales mentales de un grupo social, ya que busca, entre otros hechos, darles respuestas a los interrogantes. Esto implica no solo la posibilidad creativa de sus ciudadanos, esa dialéctica entre el pensamiento y las acciones, sino también proporcionar respuestas a los hechos que los afectan. En términos retórico, es trazarse desafíos para encontrarle la comba al palo. No hay que olvidar que la modernidad, desde una perspectiva filosófica, empieza con la pregunta, y toda pregunta lleva, necesariamente, a una búsqueda.

 

Twitter: @joaquinroblesza

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(*) Magíster en comunicación.

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