Un pasaje a Nueva York

Por Adolfo Zableh

Me regalaron un pasaje a Nueva York, una de esas cosas que no pasan, pero pasan. Hace un par de meses escribí una columna llamada La vida a carcajadas, en la que contaba cómo me sentía con la vida en ese momento. Debió haber sonado peor de lo que estaba, porque ese mismo día alguien de mi pasado, a quien no veo hace mucho, me escribió para decir que me tenía una propuesta. Asumí que me iba a invitar a comer helado, que es lo que las personas que se preocupan por ti suelen hacer cuando te encuentras mal, pero en vez de eso me dijo que me quería invitar a Nueva York.

Me reí, me dijo que era en serio, me preguntó fechas, pero me negué. Por dentro explotaba por decir que sí, pero me contuve por vergüenza y porque de eso tan bueno no dan tanto. La charla duró un par de semanas hasta que dije que sí. La verdad, me hice entre el rogado y el digno. Para convencerme me dijo que esa era la ciudad a la que ella iba cuando se sentía igual que yo, y luego me dijo que si la vida era un juego de dar y recibir, muchas veces no recibíamos por un lugar diferente al que dábamos. Y para terminar de convencerme, agregó que era un pasaje para mí solo, no para los dos.

Es cierto ese juego de dar y recibir, y aunque no sea el más generoso, me he ido abriendo y dando cosas que a veces la gente necesita. Por otro lado, hace mucho que de cumpleaños y Navidad no recibo ni un par de medias, ¿entonces por qué no recibir este viaje de tres semanas como un gran regalo acumulado? Acá he tratado de devolver parte de lo que recibí, así que he dado mejores propinas y he ayudado a gente que está perdida, porque aunque no soy local, conozco esta ciudad relativamente bien. También llevo regalos para Colombia. Escribo desde Nueva York y suena cool y ridículo al mismo tiempo, porque el que escribe, escribe desde donde sea y no anda pavoneándose. 

No vine a algo especial, solo a estar, y ha sido maravilloso, porque cuando no buscas nada, encuentras todo aquello con lo que no habías dado antes. Lo primero fue un lugar para escribir, arriba en la 90 con 5, en el jardín de un museo de diseño. Un lugar tranquilo donde no se siente la ciudad, con mesas, cafetería, internet y niños corriendo por ahí (a veces me usan de refugio cuando juegan al escondite). Durante este tiempo he escrito aquí todas las columnas y algo que tiene pinta de convertirse en libro. Es curioso, aunque me la pase tecleando, nunca he querido publicar libros, y de los cuatro que tengo, solo uno quise escribirlo de verdad. Los otros tres me dan vergüenza. Este, en cambio, sí quiero sacarlo aunque no lo lea nadie.

He descubierto Astoria, arriba en Queens, donde fabrican los pianos Steinway, también la isla Roosevelt, a medio camino entre Manhattan y Brooklyn. La impresionante biblioteca Morgan, un lugar donde hacen exposiciones y que tres veces a la semana tiene la entrada libre. He visto que arriba al este, donde viven los ricos en apartamentos impagables, los porteros les abren la puerta del edificio y luego la del taxi. Esta vez descubrí también que Nueva York fue la capital mundial de las ostras y que se vendían por monedas en la calle como venden hoy perros calientes. Me he empapado de la historia de la ciudad, de cómo pasó en cuestión de décadas de ser un nido de robos, prostitución y drogas a convertirse en un paraíso para turistas y hipsters donde no pasa nada. La mayoría de estas cosas ya las sabía, solo que esta vez me fijé realmente en ellas porque no había en mí ningún tipo de afán. Si no usas tus días corriendo de atracción en atracción, descubres las pocas calles viejas e intactas que aún quedan por ahí, lugares dejados a su suerte que te hacen sentir como si estuvieras en el siglo XIX.

No quiero volver, porque a nadie le gusta que se le acaben las vacaciones, pero también porque temo volver a Bogotá a mi vida de antes, que tiene todavía cosas que no me gustan. Sin embargo, estoy optimista, desde antes del viaje había decidido hacer cambios y alcancé a hacer algunos. Regreso entonces a continuar con ellos. Es una lástima dejar Nueva York en verano, pero es lo que toca; ya estuvo suficiente. En unas vacaciones así no solo rompes con tu rutina, sino que hablas poco, pero conoces mucho. Y si tienes suerte, logras hacer las paces contigo mismo.

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