La lengua anacrónica

Por Andrés Ospina

Uno sabe cuán viejo está al oír hablar a los más jóvenes y sentirse igual de analfabeta que de anacrónico. Y no es para menos. Mi generación –aquella que en los ochenta del siglo anterior impuso las fórmulas exclamativas de “qué ceba” y “qué chimba”– ya está casi toda cuadragenaria. La posterior –cuyas mujeres fueron pioneras en elogiar las virtudes de un Adonis con el ingeniosísimo ‘¡qué hembro!’ y en reprochar a quienes mucho insistían por ‘intensos’– viene aproximándose también a las fases andropáusicas y menopaúsicas.

Entonces comenzamos a sentirnos confusos. Desterrados en era ajena y expuestos a palabras que no son las nuestras. Alguien dice “estamos melos” y nos descerebramos buscándole etimología a la expresión. Sin que haya cómo evitarlo, empezamos a verbalizar las cosas como “no se debe”, o cuanto menos como los adolescentes, que al cabo mandan, establecen que no está bien decirlo. Los años se notan en la lengua. Yo digo “está costoso” y mi primo, de 20 años, me imputa cargos por lobería. “Di: ‘Está caro’”, continúa aleccionándome, y para respaldar su teoría se remite al colega Samper Ospina, quien sostiene lo mismo. “No digas ‘bonito’. Di ‘lindo’”, prosigue mi consanguíneo.

Curioso pensar que varios de esos mismos censores nóveles del idioma se permitan emplear frases como “yo quiero tener DEMASIADA plata y ser DEMASIADO ‘la verga’”. Uno se escandaliza, no por la alusión expresa al aparato fálico, sino por tan erróneo uso del ‘demasiado’, ‘demasiado’ común entre jovenzuelos. Resulta extraño ver a coterráneos hablando en mexicano o en argentino, bien sea por cuenta de Televisa o de Fox Sports. No falta quien acuda al chicanísimo ‘güey’ o al gauchísimo “la está rompiendo”. “Es la globalización”, justificarán muchos.

Hoy miro alrededor y pienso en esas palabras que durante mi infancia ni se oían. Por aquellos tiempos no se servía malteada de ‘frutos rojos’, ni se acusaba a nadie de ‘superioridad moral’. Tampoco existía nombre conocido para la tendencia progresista del ‘poliamor’. No había coachings, fake news, outfits ni smoothies. Nada o muy poco se comentaba del gluten free o de la ‘cocina de autor’. La gente iba en ‘cicla’. Nunca en ‘bici’. Nadie ‘stalkeaba’. Nadie ‘troleaba’. Nadie ‘frienzoneaba’. A falta de ‘perreo’ teníamos el ‘pasito cachaco’ de Lizarazo. No existían ‘empoderamientos’ ni quién impulsara, por fortuna, falsas ‘economías naranja’. A falta de resiliencia existía la ‘berraquera’ y a falta de ‘inteligencia emocional’ teníamos ‘avispamiento’. Nadie “dejaba en visto” a otro alguien ni la ‘metrosexualidad’ contaba con rótulo alguno.

Mediante lo “arriba manifestado” no pretendo oponerme cual godo fundamentalista a los cambios naturales experimentados por el lenguaje como organismo vivo. Parte de esta terminología reciente obedece a hechos positivos, a tomas de conciencia, a ‘nuevas ciudadadanías’ o a avances humanos. Es de celebrar, por ejemplo, que existan establecimientos pet-friendly y que hoy el bullying esté en la agenda de ruindades a combatir, aunque en el fondo sepamos que este último extranjerismo no constituye más que una forma alambicada para nombrar las ‘montadas’ de antaño. En ‘otras palabras’, y como dijo el sobreviviente: ‘Será adaptarse’. Así pues, me despediré, consecuente con cuanto aquí expongo, como todo un quinceañero: “Chao a todas y todos, y no olviden que los y las AMO MAL. ¡Literal!”. ¿Entonces? “¿Obvio sí u obvio no?”. Hasta el otro martes.

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