El periodista y la gente atrás gritando y saltando

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Que pase una vez, es innovación. Que pase dos, tres, cuatro, vaya y venga, es un motivo. Pero este asunto ya se tornó en algo endémico y en una prueba total de falta de creatividad que nos tiene mamados a una gran mayoría.

Juega Colombia y la escena ya patética. Un pobre colega, una periodista, un tipo con un micrófono, se para frente a la cámara y detrás de él hay un grupete de unas cuatro, 10 o 14 personas. Desde estudio hacen la debida introducción ­–en el plano el sujeto en cuestión–, atrás la gente quieta, tratando de pegar la cara lo más cerca posible al cuerpo de la mujer o el hombre que tiene la misión de recibir el directo. Le dan paso con el ya clásico: “Y para mostrar la fiesta que se vive en este momento desde (ponga la ciudad que quiera) tenemos a (ponga el nombre de cualquier corresponsal de Caracol o RCN), quien está acompañando de un grupo de hinchas que aman a la Selección y ya están listos para el partido…”. En ese momento dan el cambio, el o la del micrófono empiezan a hablar y atrás se arma un zafarrancho de brincos, empujones, música, personajes infaltables de cada ciudad, gritos descoordinados y todo un coctel lleno de lagartería, en el que lo que menos importa, tristemente, es lo que trata de contar o informar el pobre periodista.

Y todo esto ocurre en la edición de las seis de la mañana, en el programa que sigue al noticiero, en la edición del mediodía y, para resumir, pasa siempre y se volvió un asqueroso lugar común de nuestros “magnánimos” noticieros.

Es más, muchas veces las mismas personas repiten en cada emisión. Es decir, el mismo público. Y, peor aún, muchas veces son los mismos para partidos distintos. Obvio, somos un país de mucho vago y desocupado, pero estos son los maestros del desocupe y el roba pantalla.

Es una cosa de locos. Por ejemplo, en Barranquilla ya son “casi fijos” un melenudo que se parece al ‘Chino’ González Scott (mítico defensor pata brava que jugó en el Unión y en el DIM) que toca una caja o una guacharaca. Tienen también a un personaje que parodia a una señora que hace rimas y, nunca falla, un cantante vallenato que nadie conoce, tres marimondas, unos niños bailando lo que sea y tres tipos que parecen prendidos y que cuando les preguntan el marcador (pregunta infaltable) dicen cualquier cosa y cualquier arenga por la tricolor. Igual, en Medellín les ponen sombreros de arrieros, collar de arepas y meten tres trovadores. El lugar común del reinado del lugar común.

Pero este virus nace desde los consejos de redacción de cada noticiero. Ahí ordenan directores, editores y jefes de corresponsales que necesitan rellenar tiempos ¿Y la solución? Lo que llaman “notas de ambiente”, meterle, según ellos, chispa al cuento, “alegría”. Y así proceden a darle la orden al corresponsal para que se “invente”, perdón, mejor “arme” el cuento. Una vez vi cómo lo hacían. El plano denota que hay mucha gente, y sí, a veces la hay, repito, desocupados prestos para esto hay por montones, pero por lo regular buscan a los mismos y todo es un festival del hagan bulla, muestren desenfreno por el partido y, de ñapa, vienen la consabida empujada al presentador, muchas veces la manoseada y también la maicena se ha visto en muchos casos postrada en el ojo del pobre comunicador que hace eso para cuidar su trabajo.

Y he hablado con un par y me dicen que para ellos es una tortura cuando juega Colombia o gana algún deportista algo relevante (en la casa del papá de Nairo ya le deberían tener una habitación a los periodistas). El caso es que los periodistas tratan de sugerir algo distinto y los castran con la consabida “nota de ambiente”.

Cero creatividad, nada distinto y ningún movimiento neuronal con tal de ofrecer algo innovador. Así estamos y luego nos preguntamos sobre el por qué de la crisis de nuestro periodismo. Eso no es reportería, eso es facilismo y “nota de ambiente” de payasada que a muchos nos tiene mamados.

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