Bogotá infomercial

Por Andrés Ospina

Le quedan 232 días a Peñalosa para continuar estropeando a Bogotá. Nunca había visto a mi ciudad tan amenazada por las obstinaciones del mandatario local. Uno se despierta angustiado, a la espera de alguna nueva monstruosidad fraguada dentro de la infatigable imaginación del alcalde, siempre dispuesto a superarse en el exabrupto. Autócrata, soberbio, refractario a los clamores de la ciudadanía, talador, enemigo confeso de los trenes, desarticulado y odioso en sus planteamientos, sobraría repetir lo obvio.

Aun así, ¿han visto los infomerciales disfrazados de reportajes y editoriales que en favor del tirano aparecen publicados cada semana por algunos medios? Las razones para semejante arrodillamiento no dejan de descorazonar. Por un lado, al destinar la Alcaldía sumas faraónicas a rubros como pauta en radio, televisión, redes y demás espacios publicitarios, muchos de los mencionados medios parecen haber abrazado con total rigor el credo aquel de que ‘el cliente siempre tiene la razón’ y por tanto renunciado a la crítica. Por el otro, varios de los grupos económicos responsables de dichas casas son claramente aliados estratégicos o tienen intereses comprobables involucrados con la propagación del peñalosismo.

Se contradice Peñalosa al despilfarrar fondos, por demás públicos y con tal ahínco, en una campaña para limpiar su deterioradísima imagen y al tiempo declararse desinteresado en popularidades. La semana anterior nos recibió con varios atentados contra la información perpetrados por el también más ‘popular’ diario del país. ‘Seguidilla de acciones judiciales amenazan importantes obras para el futuro de la capital’ tituló, por ejemplo, un editorial. Ahora resulta que los opositores a las infamias de Peñalosa somos leguleyos y oportunistas.

Permítasenos diferir del concepto de ‘importante’… porque al parecer de la mayoría de quienes habitamos Bogotá, contraponernos a la degradación de una vía patrimonial a troncal TransMilenio, a la deforestación y la instalación de canchas sintéticas como banderas de campaña, a invadir una reserva, a condenarnos a por lo menos 50 años más de diésel y a un centenar de absurdos adicionales, merece adjetivaciones de otra naturaleza. Causa escozor en los ojos leer textos con semejante tono infomercial, a juzgar por su contenido cofinanciados por Volvo.

Para terminar, un consejo no pedido y una súplica. El primero, dirigido a mis coterráneos: tengamos, por una vez, memoria de lo padecido… escarmentemos con este presente y jamás incurramos de nuevo en la estolidez de poner nuestra suerte en manos de un personaje como aquel, hoy para nuestra desdicha al frente del porvenir capitalino. La súplica va destinada al “medio en cuestión”, cuyo lugar en la historia de Colombia jamás discutiría como digno de respeto. Y aquí va… con párrafo aparte:

“Por Bachué y Bochica, amigos… ¡no nos mientan ni insulten nuestra inteligencia! En este tránsito histórico al que el azar nos ha empujado, enclavados entre dos siglos y enfrentados a una metamorfosis en lo concerniente a la manera como los ciudadanos del futuro asimilaremos los contenidos noticiosos, hace mal quien con semejante leyenda a cuestas empeña su credibilidad por algunos miles de millones. Un periódico es un vehículo de conocimiento y no un catálogo de ventas al servicio del poderoso de turno. No se acomide con la grandeza de una institución como la suya someter sus políticas editoriales y los destinos de nuestra maltrecha capital al arbitrio del socio ni del mejor pagador”. Hasta el otro martes.

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