Caras y nombres que se nos van

Por Nicolás Samper

Usted va por la calle y de golpe una persona se le abalanza con gran regocijo a saludar. Uno empieza a mirar al sujeto y de inmediato empieza a funcionar una extensa base de datos cerebral tipo FBI en la mente. Como el computador cerebral a veces puede estar un poco lento, uno se da tiempo para responder el saludo y en milésimas de segundos encontrar la reseña de esta persona en nuestra mente. Por lo general el resultado, en mi caso, es exitoso.

Pero el software y el hardware se equivocan y fallan. Entonces hay tres posibilidades: la cabeza da como positivo el reconocimiento facial del personaje; la cara no nos es desconocida, sin embargo el registro de identificación no nos funciona. A pesar del esfuerzo gigantesco para poder encontrar el nombre o el apellido del “saludador” en cuestión, no aparece nada en la base de datos. Como último recurso, la memoria apela a identificar el sitio, lugar o situación en la que tuvimos algún tipo de vínculo y ahí se prende el bombillo. Y uno responde sin decir el nombre del amable hombre -porque nada que sale de la cabeza- ese instante en el que nos vimos por única vez. Solo se usa la situación vivida como para dar la impresión de absoluta seguridad sobre con quién estamos charlando: “¡Quihubo! ¿Cómo le terminó de ir ese día en el asado de Rodríguez?”.

La segunda posibilidad es que se conoce la cara pero no la situación vinculante y, mucho menos, el nombre. Pero hay una opción que cuando ocurre es bastante extraña: el tipo saluda, uno responde pero la cara no aparece. No hay manera distinta de salir del entuerto que disculparse primero por el error 404 page not found y luego pedir que se identifique. Y pasa -porque lo he vivido- que el hombre dice su nombre y ese nombre que sí teníamos claro en la mente, no pareciera corresponder al reconocimiento facial. “¿Y usted en serio es Fabio Olarte?”. Porque el nombre parecía tener otra cara.

Una última opción de recuerdo es nunca olvidar a alguien que vimos una vez pero que nos resultó simpático, extraño o de una belleza inusual. Y nos queda ese recuerdo siempre de la mujer hermosa que nunca más volvimos a ver y de la que sabemos su nombre y la situación en la que compartimos. Si nos la cruzamos en la calle y la saludamos efusivamente podemos correr el riesgo de que ella sea incapaz de reconocernos a pesar de que para nosotros es una figura de permanente evocación en la cabeza.

Pensé en todo esto al recordar a Fabio Giménez, un delantero argentino que hacía parte de una formación de Racing Club en el año 90 que era una máquina de empates: en 10 fechas llevaban nueve igualdades y una derrota. Rompieron la racha frente a Lanús con un 4-1 donde él y Ortega Sánchez fueron figuras. Un año después llegó al Tolima y seguro pocos lo recuerdan porque su paso por el fútbol colombiano no dejó muchas páginas para escribir. Tuvo una historia posterior de idolatría en Oriente Petrolero, de drogas y de reconversión. Me enteré de que Giménez, de 50 años, murió en Texas cuando cortando el césped de su casa, sufrió un accidente al caérsele encima el tractor con el que estaba podando el pasto.

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