Agobios

Por Andrés Ospina

Sucede que a veces hacemos de la vida un agobio, sometidos al dictamen de la maquinaria productiva. Obsesionados con liderazgos, competencias, afanes y otros embelecos. Absortos hasta lo enfermizo en cotidianidades. Trenzando riñas y rivalidades que sólo son pretextos para obstinarnos en el prejuicio propio. Clasificando ruinmente a la humanidad entre fracasados y exitosos; entre ganadores y perdedores; y pugnando por alinearnos del ‘lado correcto’. Tomando el término ‘carrera’ con la indebida literalidad y asfixiándonos en la prisa por no llegar de últimos.

Sucede que a veces nos rendimos frente a la premura de sobrevivir, con las miras fijas en abastecer nuestras billeteras y en no desairar a los jefes. En “no ir a perder el puesto”, hablar de más o decir algo que vaya a molestarlos. Reprimidos por el pánico arrodillado a “patear la lonchera”. Frecuentando preocupaciones cotidianas y viles. Nadando en hipotecas, cuotas por cancelar, cánones de arriendo, recibos, facturas, ‘cuentacobrismos’, desprendibles de nómina y ‘gota a gotas’. Empeñados en que nuestro status no decrezca. Apresurados por “ser alguien”, como si por sólo existir ya no lo fuéramos.

Sucede que a veces nos apropiamos del discurso del afán y del deber ser. Del “ya a tu edad tendrías que tener” o del “ya a tus años no te queda bien” replicados como mantras. Que abrazamos el círculo autodestructivo y como escorpiones suicidas vamos cocinando nuestra incineración alrededor de un cerco autoimpuesto. Que soñamos con conquistar las simpatías y los guiños del superior jerárquico.

Sucede que a veces nos medimos en función de nuestro saldo bancario. Que sucumbimos a la tentación de cuantificar nuestra autoestima en balances de ingresos y egresos, y de compararnos con nuestro vecino de ‘cubículo’. Que nos devanamos las neuronas contabilizando los minutos restantes para jubilarnos, los cientos de miles de pesos que nos faltan para cubrir la deuda del mes o buscando fiadores.

Sucede que a veces nos abstenemos de reparar en lo relevante, inmersos en aquello que nuestra miopía supone urgente. Que enfermamos de pragmatismo y lo interiorizamos como credo, rezando el mantra aquel de “producir, producir” o el socialmente aclamado “trabajar, trabajar y trabajar”. Que a veces aprendemos a mentirnos muy bien y a creer que eso es lo meritorio. Que en ocasiones labramos nuestra desmemoria al abstraernos del presente que nos circunda, porque “ahora no tenemos tiempo”.

Sucede que perdemos el foco de lo esencial para reparar detalladamente en lo fútil. Que el alma se nos anquilosa de tanto cargar aquel látigo que nos han amarrado a la espalda. Que nuestro ego tiene las dimensiones de nuestro empleo. Que nos levantamos en derredor una burbuja de vanidades y de temores exagerados al juicio ajeno. Que idolatramos todo cuanto suene convencional a la vez que desdeñamos de cuanto escape a nuestro entendimiento. Resueltos a autoprovocarnos daño cerebral a fuerza de replicarnos nuestra pésima suerte a cada instante.

Vale, pues, atesorar las pausas. Rescatar el ocio. Sublimar la relevancia de la irrelevancia, sin que medien proyecciones ni rentabilidades. Desterrar del alma cualquier asomo de alienación inducida. No bajar la cabeza cada vez que una moneda ruede por el suelo. Entender que ninguna suma, por descomunal que sea, amerita nuestra desapacibilidad. Fugarnos y hacer deslinde, antes que tornarnos en un manojo de fatigas sin propósito. Por lo pronto: hasta el otro agobio. ¡Perdón!: hasta el otro martes.

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