La sopa fría

Por Andrés Ospina

Conocí a Daniel Correa en 1993, cuando ni él ni yo llegábamos a los 18. El cassette seguía siendo la unidad standard de intercambio entre melómanos y “saber de música” equivalía a pertenecer a una élite espiritual. Por entonces Daniel poseía una batería Ludwig y contaba con gustos exóticos, evidente talento musical e inquietudes precoces que superaban por mucho lo que en tiempos pre-Google, pre-MP3 y pre-Wikipedia uno recibía del entorno.

Alguna vez, cuando me creía músico, tuve el honor de hacer equipo con él, durante uno de esos festivales de talentos un tanto lamentables que organizan los colegios. No sé cómo logré convencerlo de que tocáramos Twist and Shout, pero al final nos alzamos con un inmerecidísimo trofeo. La vida fue desbarrancándonos hacia el irremediable destino de crecer y envejecer por separado, algo que no me impidió seguir con entusiasmo su carrera.

Entretanto, Daniel anduvo por Norteamérica, formándose y de-formándose. En ocasiones, entre las nebulosas de la ingesta etílica permanente que en mi caso enmarcaron los años iniciales de este siglo, solía encontrármelo todo despelucado, cubriendo de buen jazz las madrugadas chapinerunas. Desde aquel tiempo, ya convertido en el estupendo multinstrumentista, cantante y creador profesional que sigue siendo, he procurado mantenerme al tanto de sus aventuras discográficas, bien sean solistas o con sus Locos del Ritmo.

Lo anterior para contarles que en días pasados me fue concedido disfrutar en primicia la más reciente producción del arriba mencionado amigo, englobada bajo el título de La sopa fría y precedida por la canción homónima, como abrebocas. Una sorpresa remarcable que considero justo ponderar. Dentro de La sopa fría cohabitan –como en un gazpacho inteligente y graciosamente condimentado– los rastros de aquellos ritmos que por décadas han venido configurando el ADN sonoro de Correa. Ska, rock, reggae, salsa, cumbia, bolero y algunos otros divertimentos se congregan en una mixtura que de sobra colma la promesa expresada en Mi ritmo, de ofrecernos “ska con jazz para bailar”, salsa, ‘pique’ y demás etcéteras.

Pero, además, La sopa fría nos expone las intimidades de un músico y poeta con la virtud mimética de permitirse en simultánea la dulzura de un bolero como Cariño mío y de reconocerse después como un lobo voraz que aunque malherido todavía saliva y aúlla ante el perfume de la sangre. También delata la madurez de quien es capaz de detectar dentro de sí al peor enemigo. Ello sin olvidar la terquedad del adolescente combativo, ese que pese a tantas frustraciones continúa sin comprender “las leyes amañadas”.

Entre melodías y atmósferas divertidas, vientos, instrumentos eléctricos, letras trilingües, interpretaciones sólidas y percusiones tan traviesas como el mismísimo Daniel, se adivina la mirada reflexiva de quien comienza a saberse un veterano de su oficio. También la voz enronquecida propia de aquellos que se han consagrado a degustar con labios y ojos propios lo mejor de la noche. Bien comprenderemos que “un audio vale más que mil reseñas”, pero, en cualquier caso, grato es descubrir entre los contemporáneos algunos nombres que dignifican a nuestra generación, hoy tan vergonzosamente representada en el alto gobierno nacional. Un bálsamo para quienes habitamos esta ‘cloaca de Babel’ y una esperanza que germinará entre los que crean que “buenas canciones ya no se hacen”. Si lo dudan, bébanse una dosis de La sopa fría y luego hablamos. Hasta el otro martes.

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