El triste final de la final

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Solo se necesita que en la vida se haya pateado un balón, disfrutado de un gol o, mínimamente, haber preguntado por algún marcador. No es necesario ser erudito en el tema. El fútbol se lleva como se quiere en cualquier estado del alma. Y es por eso que estamos hastiados y asqueados con el tema de la final de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors. Es más fácil verse todas las temporadas de Elif de un solo tajo o tener que oír durante 10 fiestas todas las “canciones” de Maluma. El tema de la final cansó, desilusionó y cada vez dan más ganas de decir: ¡que se jodan todos!

Sencillamente todo se resume en que les quedó grande el reto. A las autoridades, llámese Policía e institucionalidad, a los hinchas energúmenos y vándalos, a los dos equipos, a la prensa y ni qué decir sobre el papel de los directivos de la Conmebol. Todos en este novelón tiene su porción de culpa para generar esto en donde ahí, sola y triste, está quieta la pelota sin tener quien le dé el uso que de verdad tuvo que tener: el de un gran partido histórico e inolvidable.

Porque acá todo empieza por el hecho de mandar ese bus por donde se mandó. Literalmente: a la boca del lobo. Para el partido más importante, el operativo de seguridad más tibio. Luego los hinchas de River, los de esa esquina nefasta que, ya sea bajo el manto de la planeación o la simple reacción al ver el bus, fueron unos animales. Y están los equipos River y Boca, que en medio de todo esto se han dedicado –sin que nada justifique o minimice lo acontecido– a ser actores de novela barata, a sacarse la lengua entre ellos a ver quién la tiene más grande, y les ha faltado precisamente eso que tanto el uno y el otro dicen tener: grandeza. Y a la prensa, que de entrada vendió el mensaje de “una final del mundo” en medio de su soberbia, para luego tener que comunicarle a ese mundo que todo ha sido un papelón. Y, por último, los dirigentes. Esos señores barrigones por demás, ahorcados en sus corbatas, radiantes de whisky en sus palcos, poco o nada han pensado en la gente. Ellos, siempre en la de ellos, nunca pierden salvo que se les toque el bolsillo y no piensan en ese hincha del común, en ese que estuvo dos días seguidos en el Estadio Monumental esperando que la pelota rodara. No, ellos, los dirigentes, poco del balón, mucho del billete.

De tumbo en tumbo y es así como este partido cruzó el Atlántico y se va a jugar en Madrid. La Copa Libertadores jugará el que era su partido más bello en la historia, en tierras de los otrora conquistadores. Bolívar, San Martín y todos ellos piden a gritos la opción de regresar a la tierra para tomarse a sangre y fuego la sede de la Conmebol.

La Copa más mágica de la historia de nuestro continente se rompió a pedazos. La última que tenía la mística de siempre, la acabaron entre todos. Y sí, puede que el 9 de diciembre (si es que se juega porque acá puede pasar de todo) en el Santiago Bernabéu se juegue un partidazo con un marcador 4 a 3 ganando el que les dé la gana, no importará, esto está manchado, esto no tiene vida, esto será siempre una mierda de final para la historia del fútbol.

“La pelota no se mancha”, decía Maradona. Sabio el Diego, eso pasó acá: el triste final de esa final…

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