El carrito de Pricesmart

"La diferencia es que comprar como si no hubiera un mañana es inherente al estadounidense. Así nació, así lo educan. En los colombianos, en cambio, es un gusto adquirido y reciente": Adolfo Zableh

Por Adolfo Zableh

Aunque ir de compras nos haga sentir bien, adquirir cosas que no necesitamos termina siendo dañino, de ahí que ir a PriceSmart sea de lo más tóxico que existe. Para la muestra este carrito lleno, que no es mío, sino de un amigo. Fue a acompañarme a hacer compras de artículos de aseo y terminó llevándose un montón de cosas. Culpa de él por no controlarse, pero igual. Nadie sabe qué pasa por la cabeza que dice “te acompaño” y termina rebosando un carro de supermercado. A mí no me fue mejor: sí, compré las cosas de aseo que necesitaba y que en teoría deberían alcanzarme hasta el día de mi muerte, pero también me antojé de vainas de comer. Nada serio: salsas, pistachos, galletas. El antojo me salió caro.

No en vano a PriceSmart le llaman ‘El paseo millonario’: llegas con la prima de fin de año y sales debiendo la del próximo. Igual, nos hace felices, probablemente porque nos sirve de escape: sin tomar un avión nos hace sentir en Estados Unidos. Tiene muchas cosas maravillosas ese país, pero no es ni de cerca el mejor del mundo, como muchos afirman. De arranque, ese consumismo no puede ser bueno. Sí, consigues todo lo que necesitas y más, pero te llenas de objetos, te complicas la vida, ayudas a acabar con los recursos naturales y alimentas esa maquinaria insaciable que es el sistema financiero.

La diferencia es que comprar como si no hubiera un mañana es inherente al estadounidense. Así nació, así lo educan. En los colombianos, en cambio, es un gusto adquirido y reciente. Y plata para derrochar no es que tengamos, de ahí que cada visita a PriceSmart sea algo engorroso, aunque pensemos lo contrario. Siempre he sido de la filosofía de gastar poco sin llegar a ser tacaño. Cuando me entra el impulso, me repito: “Más plata, menos objetos, menos barriga”. Esto quiere decir que, si no gasto en lo que no necesito, tendré más dinero en la cuenta del banco, menos objetos que algún día terminarán estorbándome y tendré menos posibilidad de engordarme.

Ese lema no aplica en PriceSmart para mí ni para nadie. A medida que se abre uno paso por los amplios corredores y por los anaqueles que llegan hasta el cielo, todos llenos de productos importados, es imposible resistirse. Empezamos a sentir esa sensación de vacío en el estómago que se asemeja a cuando tenemos miedo o estamos excitados y hay que comprarlo todo. No importa si toca diferir a varias cuotas, ese paquete de 28 tubos de crema dental gringa y ese juego de ollas tienen que ser nuestros.

Y a la entrada o la salida hay que pasar por el restaurante, otra réplica perfecta de Estados Unidos. Alitas picantes, pizza grasosa, hamburguesa, helado de máquina, gaseosa que se puede llenar una y otra vez sin que te cobren de más; en PriceSmart tanta compra te afecta la cabeza y tanta comida pesada te afecta el organismo. Igual nos encanta. No importa que nos quejemos de la economía y del gobierno de turno, siempre hay plata para ir allá de compras. Y no solo porque sintamos que nos estamos haciendo a una mejor vida, sino porque de alguna forma también nos sentimos pudientes, amplios, generosos. Para que me entiendan mejor, cada vez que voy a PriceSmart y salgo con ese carro lleno, me siento como Abelardo de la Espriella.

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