Hablamos en febrero

Por Nicolás Samper

La eliminación de Millonarios parecía lógica, pero todavía hay una diminuta esperanza de esas a las que es mejor no aferrarse porque las esperanzas vacuas poco valen la pena. Si el equipo desde el campo no brinda esa clase de fuego sagrado capaz de hacer entender que hasta el peor nubarrón puede deshacerse, es imposible imaginar un panorama mucho más halagüeño en la próxima fecha.

Y hay razones para entender por qué el campeón de diciembre de 2017 ya no está en carrera casi 365 días después. La idea futbolística pareció perderse o, mejor, se fue difuminando de a poco luego de aquella conquista frente a Nacional en la disputa de la Superliga, porque la idea de Miguel Russo que pudo ponerse en práctica el año pasado no contó con el momento bueno de algunos de sus intérpretes: la búsqueda del 9 a lo Riascos en el torneo anterior fue infructuosa más allá de contar con otras variantes: Hauche y Ovelar no rindieron como se esperaba y el goleador –Del Valle– seguía jugando por una punta aunque fuera el hombre más peligroso del equipo.

La lesión de Jhon Duque y de Matías de los Santos resquebrajó la columna vertebral en la que se apoyaba en defensa porque el volante bogotano, a punta de rapidez y técnica, se volvió imprescindible para la búsqueda del equilibrio. Carrillo pudo ser el reemplazo, pero su talante ofensivo no lo hacía sentir su posición: Carrillo, más que un 5 es un 8. Y Domínguez anduvo en un bajísimo nivel en el que a partir de la pendencia conseguía disimular sus carencias futbolísticas. De los Santos en la enfermería obligó a la exposición de Cadavid –lento, y eso se sabe, pero muy solo porque al no estar Duque, los volantes ofensivos rivales y los atacantes llegaban cara a cara a su cueva sin filtros– y los que acudieron a su ayuda jamás otorgaron la seguridad necesaria como para sentirse confiados: Figueroa y Rivas no pudieron cuajar momentos felices en una de las zonas neurálgicas de un esquema táctico.

El arribo de Christian Marrugo resultó auspicioso por la falta de riqueza ofensiva en otros elementos, pero antes de lesionarse. Tras su para obligada no pudo retomar el nivel y la muestra fueron los duelos frente a Tolima y Huila que determinaron la eliminación. Su entrada a la cancha, en lugar de favorecer los circuitos ofensivos, terminó haciéndolos parsimoniosos y distantes, y el desequilibrio ante la modificación en la cancha se notó en ambos encuentros: entró el cartagenero y el cambio fue siempre por Rojas. Los adversarios se hicieron un banquete cada vez que eso pasó porque Domínguez en soledad no podía contener las subidas de los mediocampistas un poco por su propio nivel y otro tanto por el desespero de los demás compañeros, más pendientes en encontrar portería contraria –sin éxito– y no en otorgar equilibrio.

Eso fue lo que faltó: equilibrio. Un equipo con tantos desniveles y picos de voltaje tiene más riesgos de quedarse fuera que de ser campeón.

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