Recuerdo parcial de la Séptima, antes de que la destruyan

Por Eduardo Arias

La carrera Séptima ha cambiado muchas veces. De niño (hablo de 1969, 1970) recuerdo que la ampliaron y se convirtió en una avenida de doble calzada. Un cambio traumático para los bogotanos de hace 50 años. No es una avenida perfecta. No todas sus cuadras son ejemplo de buen urbanismo ni de buena arquitectura. Ejemplo de ello es un tramo en el cual son muy pocas las casas de estilo que lograron salvarse, muy pocos los edificios destacados y muy pocos árboles pueblan sus andenes y su angosto separador central. Se trata del segmento que va desde la calle 45, donde termina la notable y muy frondosamente arborizada Universidad Javeriana, hasta el parque de la calle 60, llamado Julio Flórez y conocido a finales de los años 60 y comienzo de los 70 como el ‘parque de los hippies’, y que fue pavimentado durante la primera administración de Enrique Peñalosa.

No es la Séptima del parque Nacional ni tampoco la de la 72, la 85 o la 100, la de los edificios emblemáticos. Y, sin embargo, en ese tramo la Séptima palpita. O, dicho mejor, en ese tramo la Séptima palpita de verdad. Es una zona de tráfico agitado, de una intensa vida universitaria. Es un trayecto con varias cuadras de gran animación en las noches de fiesta de viernes y sábados. Tiendas de barrio, pequeños bares donde se vende cerveza y trago sin sacarle al cliente un ojo de la cara. Es el paraíso de los rockeros que se detienen en las vitrinas de sus varios almacenes de instrumentos musicales para admirar guitarras, baterías y teclados. Es territorio de barberías, del distribuidor oficial de las muy ‘punketas’ botas Dr. Martens. Me encanta caminar por los andenes de ambos costados. Esa Séptima chapineruna sin edificios de Salmona ni del Chuli Martínez, sin mansiones ni edificios de acero y cristal; a esa Séptima desordenada y bulliciosa también la echaré de menos cuando se construya el TransMilenio.

¿Cómo quedará la Séptima? ¿Qué será del muro de piedra del Club del Comercio, un par de cuadras más al norte del final de este trayecto? ¿Podrá sobrevivir su hermosa araucaria ante el incontenible empuje de las motosierras del Jardín Botánico?

Los renders que presenta la Administración Distrital no permiten saberlo. Esos fotomontajes son tan engañosos como los títulos universitarios de ciertos dirigentes políticos de este país. En dichas ilustraciones de azules y rojos intensos, que parecen sacadas de una caja de chocolates suizos, se muestra la Séptima casi tan ancha como la avenida 9 de Julio de Buenos Aires o los Campos Elíseos de París. Por esos dibujos fantasiosos transitan unos buses de TransMilenio que están a la mitad de la escala de los edificios. Sobra decir que en esas burdas distorsiones de la realidad no hay trancones y por lo tanto resulta imposible intuir el futuro que le espera a la Séptima. Por eso, lo mejor es caminarla en estos días cuantas veces sea posible. En una mañana gris, en una tarde soleada. Tomarle fotos. Muchas fotos. Guardarlas para mostrárselas algún día a los amigos.

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