La ‘Arena’ de la discordia

Por Andrés Ospina

Como otros coterráneos, supe del Movistar Arena hace poco. Primero supuse que el rótulo aludía a un escenario nuevo. Incluso alcancé a imaginármelo construido en algún municipio vecino, tipo Cota, Chía o Subachoque. De hecho, igual que a cualquier melómano sensato, la novedad me alegró.

Bastó una consulta a Google para librarme de mi ignorancia: el susodicho ‘Movistar Arena’ aludía al remozado coliseo cubierto El Campín, inaugurado el viernes, mismo día en que decidí manifestarme desde lo más inocente y desinformado de mis nostalgias respecto a su nombre: “Propongo hacer resistencia y seguir llamando al Movistar Arena ‘coliseo cubierto El Campín’. ¿Alguien se suma?”, tuiteé. Entiéndase, por favor, que tales palabras vinieron de quien insiste en decirle ‘Sears’ a Galerías, ‘Granahorrar’ a Avenida Chile y ‘Vicachá’ al tal Eje Ambiental.

Sigo recibiendo reacciones. Entre estas injurias. Van desde el consabido “trabaje, vago” hasta el condescendiente “deje la pendejada”, sin olvidar algunas menciones innecesarias a mi progenitora, ni el comodín de ‘petromamerto’ o el aún más clásico “cállese, pirobo”. Varios censuraron mi desconocimiento de las actuales dinámicas de mercadeo, mi ignorancia en términos de marca, mi desconexión de las tendencias en cuestiones de alianzas público-privadas, mi desentendimiento en materia de ingeniería civil y de sonido, luminotecnia y amplificación y mi falta de mundo al no identificar los antecedentes homologables de otras ‘arenas’ levantadas bajo esquemas similares en otros países, con nombres alterados al capricho del patrocinador.

Abundaron los “consígase los 70.000 millones para arreglarlo y póngale como se le antoje”. Ello sin olvidar las acusaciones de parcialización, de antipeñalosismo, de petrocomunismo, de farcsantismo, de castrochavismo y de algunos otros infundios salidos quizá de nuestra paranoia colectiva, ultrapolitizada y deseosa de apedrear y colgarle una bandera a cuanto parroquiano con una opinión se aparezca por la red.

Hasta hoy desconozco las instalaciones del Movistar Arena y sus bondades o defectos. No estoy al tanto del entramado legal, urbanístico, arquitectónico, económico, político, financiero y administrativo que permitió su edificación. Ignoro si será un Campín maquillado o uno muy mejorado, aunque, lo admito, me inclino optimistamente por tener fe en lo segundo. No soy, pues, su detractor ni su simpatizante. Al verbalizar mi posición lo hice desde la perspectiva de un ciudadano aferrado a sus bienes simbólicos.

No sé si será delirio, pero me inclino por pensar que el rótulo de ‘coliseo cubierto El Campín’ está vinculado a los recuerdos de innumerables generaciones de habitantes de Bogotá y que, por esa razón, habría merecido un trato menos invasivo de la marca. Algo así como un feo aunque salomónico ‘coliseo cubierto Movistar El Campín’, preferible, en todo caso, a un desarraigado y extranjerista ‘Movistar Arena’.

Preocupa, más por estética que por sesgos políticos, que en virtud de las susodichas ‘alianzas público-privadas’ y sus decisiones publicitarias algún día el aeropuerto El Dorado quede reducido al El Dorado McDonald’s Aerodrome Center o el estadio Nemesio Camacho al Kokoriko Stadium. Quizá nada de lo aquí citado importe y sean solo embelecos y romanticismos, al comparárseles con el beneficio de un entorno óptimo para la realización de espectáculos en la capital, como se supone que el malnombrado ‘Movistar Arena’ es. Pero aun así, me surge una reflexión… ¿Cómo discutir de estética, de arraigo, de símbolos o de patrimonio, con una ciudad tan embebida en polarizaciones y antagonismos inducidos? Hasta el otro martes.

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