Iniesta

"Difícilmente habrá en un campo de fútbol una mente más lúcida en la toma de decisiones que la de Iniesta": Nicolás Samper

Por Nicolás Samper

En 2010, el pasmo fue brutal: Lionel Messi se llevaba un Balón de Oro que durante todo este tiempo parecía hipotecado por el argentino y por Cristiano Ronaldo. Fue una decisión de esas que curiosamente le puso una pequeña mancha involuntaria al rosarino, pudoroso más que nunca el día que se le entregó porque él, que es un tipo tranquilo y que no entiende de egos como Cristiano, que no busca dar gritos emocionados en una velada como si fuera una diva, que prefiere jugar a mostrar los abdominales, parecía no sentirse tan feliz en el momento que se lo dieron.

Porque Andrés Iniesta la había descosido ese año. Alguien discutía sobre si tal vez, solo tal vez, si Iniesta hubiera sido mucho más figura, en el sentido de crear un personaje divisor en torno a su humanidad, habría ganado ese honor. De pronto si se hubiera hecho notar más, si no cargara un perfil que parecía muy bajo para su estatura como jugador de fútbol, ese Balón de Oro estaría en su poder. No creo. Porque para los personajes y las actuaciones ya hay un trofeo: el premio Óscar.

No se lo dieron sin saber por qué. Tan sorprendente resultó esa decisión que hace poco France Football decidió pedirle histórico perdón por tamaña omisión. No bastó lucirse en 2009 con Barcelona jugando a lo crack y acumular esos ahorros para lo que sería el año siguiente, el de su consagración que casi es tragedia porque a un mes del Mundial una lesión en el isquiotibial lo puso a dudar. No valió mucho que, de los seis encuentros que disputó en Sudáfrica, en tres fue reconocido como el mejor jugador del encuentro.

Pero increíblemente ese error, el de no darle el Balón de Oro, terminó dándole mucha mayor dignidad a una figura también muy tranquila. Nunca un pataleo ni una mirada que escupe rayos X sobre el ganador, nunca ojos saltones e inyectados en sangre por cuenta de los que pensaron que él debía llevarse el galardón, jamás una molestia, jamás un ego indómito. Nada. Andrés Iniesta siguió jugando sin protestar nada, sin pensar en lo que pudo ser pero que ya no fue y la siguió rompiendo como si para romperla no se necesitara de un trofeo que perdió mucho de su valor en el momento que la Fifa decidió participar en él.

Difícilmente habrá en un campo de fútbol una mente más lúcida en la toma de decisiones que la de Iniesta. Sin quererlo y sin saberlo, me tocó verlo en el último partido que jugó en el Camp Nou, en esa casa que tan bien lo acogió siempre, en una Champions League. Fue contra el AS Roma, en aquella noche extraña de dos autogoles y aridez goleadora de Messi. Era verlo en la cancha libre, ordenando a su manera, no con gritos, sí con movimientos. No con reclamos, sí con pases de esos que destrozan cualquier esperanza defensiva del rival. A los 85 minutos Valverde lo sacó para que las 90.106 personas que estaban en las tribunas le dejaran ver su cariño, y ahí estuve yo, aplaudiendo también por tanto fútbol que en ese campo estaba dando sus últimas pinceladas.

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