Confesiones de un librero

Por Andrés Ospina

Algunos optan por un chamán, un asesor emocional o un psicoanalista. Otros optamos por un librero. El mío, que además de librero es íntimo amigo, se llama Álvaro y se apellida Castillo Granada. Su consultorio, adonde acudo al menos una vez por mes, está situado en Quinta Camacho, Bogotá, Colombia. Allí, bajo la tutela del profano beato San Librario, nuestra complicidad ha venido cimentándose entre volúmenes de toda procedencia, edad y tamaño, litros de café, chismes, canjes, adquisiciones a crédito y paquetes de Maizitos.

Llamamos ‘librero’ a aquel profesional consagrado a la compra y venta de libros, cuya tarea –esto lo agregaré yo– demanda una mezcla inusual de destrezas intelectuales, físicas y espirituales: memoria, sensibilidad, intuición, arrojo, cultura, espaldas fuertes, empatía, olfato, capacidad de reacción y vista periférica, además de muchísimas otras. Un buen librero hace que el lector encuentre sus libros y también consigue que sus libros encuentren a su lector. Esta operación, que así descrita suena simple, exige una dosis de alquimia. En particular si, como Álvaro, lo tuyo son los libros leídos y excepcionales. Por algo García Márquez, de quien el mismísimo Álvaro fuera confeso proveedor por años, acuñó en su honor el término ‘librovejero’, inspirado, es lógico, en ‘ropavejero’. Difícil superar semejante descripción. Álvaro y sus colegas ‘librovejeros’ son en simultánea expedicionarios y arqueólogos bibliográficos que van ‘escaneando’ el mundo en pos de alguna joya impresa para rescatarla de su cautiverio y hallarle un nuevo destino.

Paciente, como aquel sumo sacerdote acostumbrado a preservar secretos de confesión, Álvaro suele oír a sus visitantes con atención y hasta creo que nos considera amigos antes que pacientes. Conoce nuestras necesidades como nadie. Si le simpatizas, te contará cosas. De sus cofrades literarios en Cuba. De sus peregrinajes tras la memoria de sus autores preferidos. De sus obsesiones y colecciones. De sus aventuras en la búsqueda de un solo libro que bien podrá tardar décadas enteras en aparecer, pero que, eso sostiene él, algún día llegará. De cómo las percepciones olfativas se le adormecieron a fuerza de inhalar viejas páginas. Del increíble tránsito de una obra entre varios continentes, tiempos y dueños hasta manos impredecibles. De aquellas cosas que delatoras pueden quedarse aprisionadas en los folios centrales de un libro, para emerger como evidencia de lo callado, décadas después: un billete, una postal, una fotografía tomada en los Estudios Castro, por allá en 1967. De la ficción como llenadora de grietas. De cómo en noviembre 30 de 1988 un joven desempleado hubo de descubrir su singular vocación. De por qué ese mismo joven terminó por mutar a aquel personaje que un día soñó ser y que hoy, por encima de todo, sigue siendo: un librero.

Quienes conocemos al bueno de Álvaro de tanto tiempo hemos convivido largamente con el escritor encubierto bajo el disfraz de librero que, agazapado tras su escritorio, venía conspirando, casi en silencio. De ahí que no nos sorprenda la acogida de la que ha sido objeto su primer volumen de cuentos, agrupado bajo el título autobiográfico de Un librero –no podía ni debía ser otro–. Su primera edición se agotó en semanas. ¡Era de esperarse! En pocas ocasiones un profesional de sus quilates y uno de los pocos idealistas vivos que conozco incurre en la generosidad de compartirnos sus secretos. Y yo, de ustedes, lo leería. Hasta el otro martes.

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