Tribuna # 1

Por Nicolás Samper

Calle del Payaso Fofó. Así se llama la calle que está en el letrero indicativo al salir de la estación de metro de Nueva Numancia, barrio madrileño que en cada calle encuentra un inmigrante de los que decidió pegarse el viaje hacia Madrid para buscar esa fortuna que casi nunca llega a tocar los pies de quien la trata de encontrar porque la suerte, aunque es como el mar, porque puede pegarte en los pies e irse, también debe trabajarse. No basta con invocarla, y eso lo entienden todos los que allí viven. Hay turcos con restaurantes de kebabs, chinos que siempre tienen abiertas las puertas de los supermercados, argentinos que hicieron algo de dinero y tienen un local de café, colombianos, africanos… Es un barrio distinto, es una Madrid distinta a la que estalla de glamur por el paseo de la Castellana o plaza Colón.

Y por la calle del payaso Fofó se levanta callado, casi que a la misma altura de los edificios de cuatro o cinco pisos que rodean Vallecas, el estadio de esa localidad, donde juega como local el modestísimo Rayo Vallecano. Sus plantillas casi siempre se arman como para tratar de aguantar los chaparrones de los fuertes que dominan el torneo –es decir, 15 o 16 clubes mejor armados que ellos– y esperar a que el destino no les haga dar el paso hacia la relegación. Ojo que allá pasaron cracks, unos cuando hasta ahora empezaban a hacer ruido –el caso de Diego Costa es más que evidente– y otros en tiempos en los que su fama les otorgaba más crédito que su cuerpo –allí hicieron goles, y no pocos, Hugo Sánchez, el mexicano que se dio el lujo de estar en los tres equipos madrileños, y el demoledor delantero Anton Polster, que recibió como premio a cambio de 15 goles con el Rayo, el impago de dos temporadas en las que estuvo allí–.

Un día tocó la puerta de la cancha un negro alto, de voz ronca y con deseos de encontrar la fortuna famosa: se llamaba Wilfred Agbonavbare y tenía pasaporte nigeriano. Decía que sabía atajar y que venía a buscar una chance para ver si cabía en la foto oficial. Llamó la atención que, a diferencia del mítico Thomas N’kono, portero camerunés y figura en el Espanyol, Wilfred usaba pantaloneta y medias blancas cuando los “modales” de los guardametas africanos era el uso de pantalón largo. Al técnico no le importó y le vio condiciones para posar al lado de Toni –arquero campeón olímpico con España en 1992– y Férez –institución del arco del Rayo– en la foto de presentación del equipo en la campaña 91/92.

Anduvo seis años allá donde se transformó en figura, más allá de varias goleadas recibidas. En Vallecas se sentía bien, allá lo querían porque era otro del barrio que estaba luchando por su bienestar y los de su familia. Lo amaron el día que Rayo fue tempestad y derrotó al Real Madrid 2-0. Detuvo cada uno de los intentos del Madrid por cambiar el destino, incluido un penal pateado por Michel. Esa tarde y luego, en el encuentro de vuelta, los hinchas del equipo derrotado le hicieron sentir lo peor a punta de insultos. Él nunca reaccionó a las provocaciones producto de ser negro que le ganaba a equipo de blancos.

Lo siguen adorando en la esquina de la calle Payaso Fofó. Los hinchas se enteraron de que a los 48 años su vida se extinguía producto de un cáncer que antes le había quitado a su esposa y los ahorros del fútbol para costear el tratamiento e hicieron hasta lo imposible para que los hijos de Wilfred pudieran verlo antes de partir. Incluso, una anciana que había sido desalojada y que recibió 20.000 euros de ayuda de varios buenos samaritanos donó la mitad de ese monto para que los hijos alcanzaran a llegar.

Desde que murió, la tribuna # 1 de la cancha de Vallecas lleva su nombre: Wilfred Agbonavbare. Y su imagen, un símbolo contra el racismo, está inmortalizada en un mural con la leyenda: “Por tu defensa de la franja, por tu lucha contra el racismo, el rayismo jamás te olvidará”.

Wilfred se quedó en Vallecas para siempre, en un barrio que era como él.

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