La causa nacional

Por Andrés Ospina

Colombia sabe poco sobre sí. Muchos sostienen, por ejemplo, que la violencia comenzó el 9 de abril y que nuestro cine arrancó con La estrategia del caracol. El rock nacional padece las mismas amnesias. Hay pocas fuentes. Los recuerdos son difusos y están distorsionados por imaginaciones o egos.

Escribir con rigor sobre la historia de dicho género en el país constituye una empresa difícil. Pregúntenles a Eduardo y a Felipe Arias, a Félix St. Jordi, al Doctor Rock, a Daniel Casas, a Umberto Pérez, a Edgard Hozzman, a José Gandour, a Sandro Romero, a Pepe Plata, a Pablito Wilson y a los demás. Documentos y fuentes escasean. El acceso a registros sonoros y videográficos sigue siendo complicado. Aun así, hay quienes por fortuna se empeñan en rearmar tal rompecabezas. Con su más reciente obra, Jacobo Celnik acaba de sumarse a esa nómina selecta de quijotes.

La causa nacional: historias del rock en Colombia, título del libro en cuestión, es un excelente compendio, confeccionado con paciencia de arqueólogo, intuición de detective y pasión de buen narrador, cuyas páginas devoré en horas. El título viene de una estupenda canción de Carlos Posada y Sociedad Anónima. Sus lectores podrán enterarse del lugar donde fue tomada la icónica fotografía del álbum de Los Speakers, La casa del sol naciente. También se verán sorprendidos con los esfuerzos para traer a los Stones a un estudio de grabación bogotano en los 70. Los ochenteros lograrán remontarse a cuando Cerati y los suyos –con perdón del difunto– edificaban su fama de arrogantes ante el propietario de cierta radioestación. Otros sufrirán evocando cómo alguna vez el Hilton de Bogotá intentó retener a un ex Pink Floyd “por no pagar la cuenta”. Los románticos se verán conmovidos por los acontecimientos que enmarcan la fundación de Génesis, con Tania Moreno y Humberto Monroy, dos hippies cuyo único hijo terminó por ser una legendaria banda. Eso, entre otro millar de perlas más.

La nómina consultada incluye un elenco multigeneracional de artistas, periodistas, locutores, manejadores, disqueros, promotores y otro sinnúmero de figuras claves para entender ese entramado complejo que es la industria musical. Resulta grato hallar testimonios en las palabras propias de protagonistas como Ana y Jaime Valencia, Roberto Fiorilli, Armando Plata, Humberto Moreno, Juancho Pulido, Piyo Jaramillo, Arturo Astudillo, Héctor Mora, Juancho López, Harold Orozco, Augusto Martelo, Pablo Tedeschi, Elsa Riveros, Andrea Echeverri, Alexei Restrepo o Tato Lopera. También, revisar las fotografías, discografías y listados anexos. O deleitarse con el álbum que acompaña esta pieza de colección. La sola gestión de los derechos de las dieciocho canciones que forman aquella selección y el esfuerzo periodístico de congregar a personalidades de semejante envergadura ya involucra un mérito considerable.

Pero la propuesta de Jacobo no se queda en chismografías y anécdotas. De hecho, invita a reflexiones y cuestionamientos inteligentes, entre declaraciones y voces que, como muestra de objetividad, se contradicen, y que para finalizar traduzco a preguntas: ¿por qué el rock pareciera en principio encontrar un terreno árido en los pueblos cruzados por la línea ecuatorial? ¿Cuáles han sido las causas de que, tras seis décadas, la escena continúe intentando consolidarse? O mejor… ¿qué clase de magia encerrarán tales aires musicales para que, incluso a contracorriente y después de tanto tiempo, nos sigamos rindiendo a sus historias, tan maravillosas como esquivas? Lean a Celnik… ¡y concluyan!

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