Gracias a ustedes

Por Virginia Mayer

Cuando era chiquita el tiempo no transcurría tan rápido. Desde hace un buen rato –no sé cuánto- los años pasan corriendo. Como si fueran hacia alguna parte con mucha prisa. Yo, en cambio, no tengo afán. A mí nadie me apura. No recuerdo dónde pasé el fin de año del 2016 (quizá porque me quedé en la casa y me fumé dos porros hasta quedarme dormida con algún libro de crimen encima del pecho), y confieso que le pregunté a mi vieja qué año se acababa esta vez. Me da igual que sea 2015, 2018, 2017 o 2016. No veo la diferencia.

Cuando era adolescente, los 31 de diciembre –en Montevideo- los festejaba con mi familia. Hacia las dos de la mañana me recogían mis amigos y nos íbamos caminando a una fiesta muy grande a la que debíamos llegar regiamente vestidos. Era la mejor noche del año, la más esperada. El Dj era un salvaje, además llegaba todo el mundo ya prendido y con excelentes ánimos. La fiesta terminaba alrededor de las diez de la mañana, de ahí nos íbamos a desayunar chivitos (que es algo así como la versión uruguaya de la hamburguesa) con Coca-Cola a una cuadra de la playa, luego bajábamos al agua, nos quitábamos los zapatos y nos metíamos al mar (que realmente es el Río de la Plata, pues en Uruguay el mar comienza unas tres horas hacia el este, en la península de Punta del Este).

Hace varios años que no festejo el año nuevo. El 31 de diciembre pasó de ser una noche espectacular a convertirse en una como cualquier otra. No veo la diferencia entre el año que se acaba y el que comienza. Y me parece muy cómico cuando la gente dice que no ve la hora de que termine el presente año, como si el siguiente asegurara éxitos y buena suerte. Como si se tratara de una serie de televisión con temporadas para la dicha y la desdicha, así, en orden. La división de los años, los días y los meses, como si el tiempo fuera tangible. El ser humano, que todo pretende controlarlo y que tanto se esfuerza por disfrazar el hecho de que somos bacterias acabando con el planeta.

Sin embargo, si pusiera los últimos trescientos sesenta y cinco días en una bolsa, el 2017 fue un año cruel. El 2017 se llevó a mi hermano del alma -que se murió a pocos días de cumplir 39 años. El 2017 le incendió la casa a otro gran amigo y casi mata a una amiga en un accidente. El 2017 -de hecho- terminó mi amistad con esa amiga, pero fortaleció mucho la que tengo con otro par de amigos y me regaló a una nueva amiga. El 2017 me recordó que antes de actuar debo pensar. A veces parece que lo olvidara… También me acercó más a mis viejos, y me dio canciones, películas, libros y series.

La mejor película que vi es The Florida Project, del director Sean Baker. La mejor serie es la alemana Dark, en Netflix. El libro que más me atrapó y que aún no he terminado es The Stranger Beside Me, de Ann Rule. Las mejores canciones (porque me niego a elegir solo una) que descubrí este año son You Dropped a Bomb on Me, de The Gap Band; Soul Cake, de Sting; Solitario, de Mitú; cualquier remix de Andromeda, de Gorillaz; Things We Said Today, de The Beatles; y She Began to Lie, de Greg Hale Jones (puedo seguir con las canciones, pero me contengo porque esta es una columna de opinión y no un playlist).

Lo más maravilloso que vi en el 2017 fue mi tierra, Estados Unidos. Y el mejor regalo que recibí fue justamente ese viaje. El postre más delicioso que probé es la malteada de pie de limón de Sir Frank, en Bogotá, y el carrot cake que hace Stacey. El placer más grande fue precisamente todo lo que me comí. El mayor susto fue haber pensado que tenía cáncer. El 2017 no me trajo grandes polvos (sin duda, pues no recuerdo alguno), pero sí probé la mejor marihuana que he fumado. El 2017 logró que me cansara de pretender cambiar el mundo, consiguió que dejara de pelear y me saliera de Twitter. Este año decidí dejar de buscar amor y con quién follar, decidí cuidarme y quizá sanarme. El 2017 hizo que ya no me duela la posibilidad de quedarme sola.

Durante los siguientes 365 días que espero vivir, pretendo escribir mi segunda novela. Y lo expreso públicamente a ver si así sí lo hago. Pretendo también no comprar lo que no necesite y espero tener buena salud, trabajo y permanecer productiva. No es más. No suelo ponerme metas ni tengo grandes sueños. No pienso en el futuro. Yo vivo la vida hoy. Ayer no existe y mañana tampoco.

Pero a ustedes, que sí festejan tan enamorados de la vida y se ponen metas, ojalá que el 2018 les traiga todo lo que necesitan y que no les falte amor. Y gracias, muchas gracias por leerme otro año más.

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