De esas cartas y acciones que ya poco se ven

De esas cartas y acciones que ya poco se ven

Es mi última columna del año. Ante todo, les agradezco por tener la deferencia de leerme y les deseo de corazón lo mejor para 2018. Para terminar, quiero compartir algo que estamos perdiendo en estas épocas de chat, emoticones y del poco mirarnos a los ojos para hablar. Nos “miramos”, eso sí, para chatear y así hemos olvidado decirnos las cosas con la sinceridad y el tiempo que toman las verdaderas letras. Por eso quiero dar a conocer esta carta que le envió el periodista Yezid Baquero (@yeziddaniel) a mi padre, Juan Guillermo Ríos, a raíz de su cumpleaños número 70. Es un acto de bondad, humildad, sinceridad y cariño. El mundo es mucho mejor por acciones bellas como esta.

“Esperé a que pasaran las horas para no caer en el oportunismo o en la frivolidad de quien simplemente aprovecha una ocasión. Hoy cumple años un ser que merece un punto aparte.

Conocí a Juan Guillermo Ríos cuando yo tenía ocho años y él (haciendo cuentas) aún no llegaba a los 40. Tenía más fama que cualquiera y todos los días salía en televisión como director y presentador del Noticiero de las 7. En la temporada de vacaciones crearon la sección ‘Reporteritos’, en la que convocaban a niños que tuvieran muy buenas calificaciones escolares con el fin de pasar un tiempo y vivir la entraña de un noticiero. Y ahí estaba yo, fui seleccionado y llegué al noticiero y conocí a Juan Guillermo. Lo miraba hacia arriba y esperaba el momento en que tuviéramos la suerte de que nos diera la mano a los que con fortuna o con palanca –ya no me acuerdo– llegamos a correr por los pasillos de la sede del noticiero más visto del país en ese momento.

Al cabo de unos días lo saludamos varias veces, no nos intimidaba su famoso ‘mal genio’ y honestamente lo que más recuerdo es su sonrisa. Nos dedicó tiempo incluso para jugar y creo que hasta me tomé una foto con él.

Mi paso por esa redacción duró apenas un par de semanas porque tuve que regresar al colegio San Viator a cumplir con mi obligatorio quinto de primaria. Pero durante varios recreos no dejé de hablar con mis compañeros de la experiencia de conocer y ‘trabajar’ al lado del jefe de redacción, del productor, del reportero y, por supuesto, del director.

Terminé el bachillerato y él, aunque ya no tan famoso, continuó con su brillante carrera. Durante mi servicio militar me mantuve al tanto de sus entrevistas a personajes buenos y malos, que para la época ocupaban las primeras planas de los diarios que se leían en el país.

Influido o no por mi experiencia de ‘reporterito’, decidí estudiar Comunicación Social y Periodismo en la Pontificia Universidad Javeriana y fue en una cancha de fútbol donde volví a saber de él. Yo, un ‘flojo’ y bastante regular arquero suplente, debí custodiar los ‘tres palos’ de mi facultad en un partido que, de no ser por un káiser que tenía como defensa central, me habría llevado del anonimato al desprestigio. Ese gran líbero era Andrés, su hijo mayor, que convertido luego en uno de mis buenos amigos me mantuvo al tanto de la vida de su papá.

Pero el tiempo pasa y los caminos se separan, así que no supe más de él, de Juan Guillermo. Hasta que me enteré, en el año 1999, que estaba muy mal de salud y luchaba por su vida en medio de un coma que superó. Nunca lo visité y debo hacer un mea culpa.

Al cabo del tiempo, recuperándose pero enfermo aún, Juan Guillermo retornó a la televisión y la vida de nuevo nos puso en el mismo carril. Se acordó de mí en la entrevista, me aceptó en su equipo y comencé a trabajar con él en un nuevo formato en el que yo era el cronista que, tiempo después, acabó compartiendo set –porque él lo pidió– con quién de niño veía en televisión.

Pero el diablo sabe más por viejo que por diablo… Mi llegada a ese set de televisión no era gratis, porque él, guerrero de mil batallas, sabía exactamente lo que podía pasar y como buen estratega lo planeó y terminó sucediendo.

Me pidió que entrara con él desde el inicio del programa. Poco antes del tenebroso tres, dos, uno, se acercó y me dijo: “Te va tocar asumir la presentación porque yo siento que en cualquier momento me desmayo”. Se iba a desmayar o probablemente se iba a morir, me bastó ver su camisa manchada (creo que era sangre) que dejaba ver los vendajes con los que llegaba a trabajar todos días. El programa comenzó y él, como si nada ocurriera, comenzó a “entregarme el testimonio”. Yo leía sus líneas, veía como se sentaba, se secaba el sudor y regresaba. Así pasó una hora de programa durante el cual desde el máster me hablaban por el intercom para preguntarme cómo estaba él. Me pedían que con el dedo pulgar lo indicara. Mi dedo jamás pudo estar arriba y al término de la emisión, débil y tembloroso, Juan Guillermo me estrechó la mano y dijo: “Gracias, hermano”. Yo, aún asustado, no entendía cómo ese hombre había salido al aire como un roble sin que nadie notara que, literalmente, lo estaba matando el dolor…

Durante esa etapa de trabajo fue un buen consejero, me llamaba, me prestaba sus corbatas y con una siempre amable sonrisa y, aunque jamás fue mi profesor, decía con orgullo que era su alumno. ¡El orgullo era mío!

De este último episodio han pasado 14 años y desde entonces varias veces me ha invitado a trabajar de nuevo con él, pero nuestros caminos aún no se han vuelto a cruzar, aunque estoy seguro de que lo harán, porque si yo tengo 42 y él cumplió 70 años, firmaría sobre piedra que le quedan muchos y muchísimos más años de vida.

¡Feliz cumpleaños, don Juan!”.

Por Andrés ‘Pote’ Ríos /@poterios