Sobre el vacío, que parece inocuo pero envenena

"Siempre me costó mucho trabajo hacer amigos porque sentía que yo amaba mucho más de lo que me amaban. Vacío. Estaba muy chiquita para saber por qué era valiosa. Vacío": Virginia Mayer

Por Virginia Mayer

Cuando tenía entre nueve y doce años –no me acuerdo- me caí y me clavé un palo de metal en la vagina. Me cosieron puntos sin anestesia que luego tuvieron que sacar (no se caían solos) y años después debieron arreglar la cicatriz. Fue una experiencia desgarradora que “le cambió el rumbo a mi vida”. He leído y oído esa frase suficientes veces para que se haya convertido en un cliché, pero en mi caso se trata de la verdad, sin un milímetro de exageración. Ese accidente y la forma en la que se manejó (tema que ya he perdonado, aunque aún duela) sembró inseguridad en mi autoestima y otras semillas que por ahora prefiero no compartir en público. Fue quizá eso lo que eventualmente me convirtió en una bully, una matoneadora. Y al mencionar el incidente no pretendo justificarme, quiero –más bien- comprender por qué hice lo que hice.

Siempre me costó mucho trabajo hacer amigos porque sentía que yo amaba mucho más de lo que me amaban. Vacío. Estaba muy chiquita para saber por qué era valiosa. Vacío. No cuajaba en ninguno de los grupos. Vacío. Algunos eran muy nerdos, otros demasiado deportistas, otros excesivamente liberales. Vacío. Yo sentía que no pertenecía a alguna parte. Vacío. Así es que resolví que llamaría la atención con lo que sí sabía: hacer reír. Y como entonces aún no sabía burlarme de mí misma, me burlé de Stefania, de Diego y de Federico, los más débiles del salón.

Federico era el primero de la fila, era tamaño mini. Un día llegó feliz estrenando un saco de lana y yo le dije: “¡Qué lindo saco! ¿También hay para hombres?” Derrotado y con los cachetes rojos, bajó la cabeza y miró el piso. Él nunca hacía reír a nadie. Otro día lo vi sonriendo, a punto de morder una de las hamburguesas nuevas del restaurante que había en el colegio (de esas para las que no había plata en mi casa para que yo también la probara). Le pedí un mordisco y le mordí el dedo -a propósito- con una fuerza que me avergüenza admitir. Se puso a llorar, histérico, y botó el almuerzo a la basura. No me acuerdo qué le dije o qué le hice a Diego -que se sentaba en el pupitre más cerca al profesor, siempre hacía las tareas y era pálido y ojeroso- pero estoy segura de que lo hice sentir despreciable y aporté a que se odiara a sí mismo.

Luego de la muerte de su papá, Stefania acababa de llegar de Italia con su mamá a comenzar una nueva vida en Uruguay (donde me crié). Aterrizó triste y asustada, y yo comencé a burlarme de ella desde el primer día. Incluso entonces, me imaginaba que cada día llegaba a su casa llorando y la mamma le decía que todo iba a mejorar. Todos se reían conmigo. Se reían a carcajadas que interrumpían lo que fuera que estuviera sucediendo en el salón. Todos menos Stefania, Diego y Federico.

A los chicos les perdí el rastro, y no me sorprendería que hayan resultado emprendedores millonarios. Federico pudo haber fundado una compañía que hace zapatos para hombres de tallas enanas y ahora vive en una mansión de mármol con detalles en oro en Milán, con su esposa ucraniana que es uno de los ángeles de Victoria’s Secret. Diego pudo haberse inventado un protector solar que no se cae con el agua y además humecta mientras el sol va matando la epidermis, y con él haberse vuelto más rico que Jeff Bezos.

A Stefania la encontré en Facebook y le escribí. Le dije –también- que no pretendía justificarme, pero que quería que supiera que la maltraté porque yo también me sentía miserable. Y le pedí perdón. La italiana me respondió semanas más tarde con una monosílaba afilada como un cuchillo. No todos los matones la pagan como lo hice yo, el karma no les cobra –multiplicado por tres- a todos los bullys. Yo lo pagué con intereses. A mí también me matonearon hasta que me quise morir, y solo así pude comprender el sufrimiento que le causé a mis tres compañeros.

Yo soy prueba de que quien se mete con alguien más débil lo hace porque se siente aún peor de cómo ve a quienes considera frágiles. Y sin embargo entiendo muy bien que eso no justifica el matoneo. Nada justifica lo que le hice a Stefania, a Diego y a Federico, así yo ya haya pagado mi karma. Hoy soy montadora, pero quiero creer que no lastimo. Y tengo pocos amigos, pero sé que me aman como yo a ellos. Hoy me pregunto si habrá sido ese accidente lo que –en su momento- me volvió tan vil, o si habrá sido algo más…

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