Estado ausente

Andrés Ospina nos explica qué es vivir en un Estado ausente.

Por Andrés Ospina

Estoy por concluirlo: quizá los males nacionales y su resistencia a todo intento de erradicación tengan en la ausencia de Estado su más evidente causa. Sé que ofenderé a muchos patrioteros, pero según mi ‘inmodesta opinión’ ningún país ameritaría ser llamado así si como el nuestro ha sido erigido con semejante vacío como fundamento.

Me explico: un Estado ausente es aquel incapaz de hacer presencia a lo largo de la totalidad del territorio bajo su jurisdicción. Ausente es aquel Estado deshabituado a atender los clamores del pueblo al que, en teoría, representa. Ausente es, también, todo Estado obligado a empeñar su dignidad, sus recursos e incluso sus principios, con el fin de compensar su vulnerabilidad inherente protegiendo los intereses de un empresariado voraz, para no quedarse sin recursos. Me refiero a aquellos estados complacientes con las cruzadas antiambientalistas de mineros, productores de vehículos contaminantes y demás enemigos del planeta, por ejemplo.

Un Estado ausente desobedece o altera su Constitución sin pudor, sumido en su frágil institucionalidad, y es aficionado a mangualas e incapaz de hacer valederos los mecanismos democráticos que su carta magna profesa. Sus entidades no suelen responder al principio del ‘bien común’ sino a los intereses ruines de quienes hacen de ellas sus fortines de corrupción o sus plataformas financieras.

Por definición, todo Estado ausente suele ser precario en términos infraestructurales y tan descarado como para incurrir en el cinismo de venderles a sus gentes la farsa de un siglo XXI y sus bondades, cuando ni el XX nos llega todavía. Si desconfían de lo que digo, los invito a preguntarle a cualquiera de los muchos habitantes de Colombia para quienes acueducto y electricidad permanecen como dos anhelos lejanos.

Estado ausente “que se respete” es un crisol de desconfianzas. Con un orden jurídico paquidérmico y tan saturado de leyes y organismos de control como de corruptos. Enfermo de centralismo e ignorante de aquellas cosas que la periferia demanda con urgencia. Incapaz de ganarse el respeto, no a la manera de Rajoy y de algunos otros líderes locales cuyos nombres no mencionaré —a fuerza de bolillazos, de represión, de imposiciones antidemocráticas y de Esmad—sino de actos honestos y consecuentes.
De ahí que la insurgencia haya prosperado en mayor medida dentro de aquellas zonas donde la ausencia estatal se experimenta con más inobjetable esplendor. No en vano las organizaciones al margen de la ley convirtieron esas tierras en sus feudos, para establecer leyes y castigos propios y gobernar a su manera. Y podrá haber mil y un procesos de paz, pero mientras tal vulnerabilidad persista, siempre abundará quien ocupe ese lugar que el Estado, tan impotente, deja vacante.

El asunto ameritaría un análisis más extenso. Pero baste decir que dicha circunstancia ha propiciado el entorno ideal para que a lo largo de su vida republicana nuestro país haya ido desmembrándose, en una debacle bicentenaria cuyas escisiones comienzan en los tiempos de La Gran Colombia, continúan con Panamá y parte de la Amazonía, y terminan con La Haya.

Lo más triste de todo es que, aunque muchos lo ignoremos, el tal Estado no es solo el conjunto de aparatos gubernamentales que nos controlan, sino también nosotros, promotores pasivos de tal ausencia, quienes con nuestro desinterés proverbial y nuestro ‘sentirnos ajenos’ contribuimos al debilitamiento patrio con cada siglo que avanza. Hasta el otro martes.

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