Papi, mami, hijo, chiqui

Lo dije hace unos días: “Llamarse ‘papi’, ‘mami’, ‘mija’ o ‘mijo’ entre esposos, novios y demás participantes de las diversas modalidades de concubinato o convivencia conyugal existentes debería ser penalizado como violencia intrafamiliar e incesto verbal. En el mismo sentido, que un padre o una madre les digan a sus hijos ‘papito, ‘mamita’ o que utilicen los consabidos ‘papi’ o ‘mami’ al dirigirse a ellos, ameritaría cargos por maltrato infantil.

Dos comentarios como los anteriores, expresados con espíritu más bien bufón por este ‘inmodesto servidor’ en fechas pasadas a través de Facebook, suscitaron opiniones de todo calibre. Algunas, de simpatía. Pero, asimismo, vi llover una cifra considerable de censuras por lo ‘elitista’, poco romántico y entrometido de mi posición. Varios, que antes eran mis ‘ciber-amigos’, optaron por dejar de serlo. Hubo, también, aportes significativos a la polémica.

El colega Juan David Giraldo se aventuró con un abordaje psiconalítico y greco romano, enmarcado en su clásica lucidez: “Cada vez que un hombre le dice a su mujer ‘mamita’ y ella a él ‘papito’, Edipo y Electra brindan desde la eternidad”. El arqueólogo Diego Martínez Celis explicó la proliferación de dichas fórmulas en ciertas tierras hispanohablantes desde la psicología sistémica, y aludió al empleo del ‘mami’ o ‘papi’ entre padres e hijos o cónyuges como un medio para desahogar frustraciones con las figuras materna o paterna. El maestro Nicolás Uribe, por su parte, enriqueció el simposio con un ejemplo de uso, que para mí evoca aquellas ocasiones en las que a orillas de la carretera divisamos a una diligente progenitora cubriendo con una toalla ‘de animalitos’ la desvergüenzas de su vástago, mientras dulcemente intenta persuadirlo de miccionar con prontitud mediante un: “Haga chichí rápido, papito”. Perdonarán ustedes, pero a mi juicio lo anterior tiene tanto de maternal como de ramplón.

Otros más, no escatimaron improperios indignados: “Uno les puede decir a sus hijos y a su pareja como se le antoje”, sería una versión suavizada de muchas de las injurias pronunciadas en mi honor. Ordinarieces irreproducibles en espacios castos como las páginas de nuestro querido Publimetro, cuyo aniversario no quiero manchar de obscenidades. Al final, en un ejercicio sincero de autorreflexión, decidí ahondar en las raíces más íntimas de esos aborrecimientos tan personales y caprichosos míos a casi todas las verbalizaciones de amor entre parejas cuyas características excedan los límites de la cursilería. ¿Seré un traumatizado o un resentido? Me refiero a lo poco que soportaría que Marcela me llamara ‘gordis’ o ‘esposito’ o que se valiera de cualesquier otra melosería posmoderna estilo ‘chiqui’, o del ya aceptado por la RAE ‘papichulo’ a la hora de manifestarme su cariño. Eso sin mencionar aquellos remoquetes zoomorfos, tan socorridos entre quienes denominan a sus novios ‘osito’ u ‘osita’, o, todavía peor, ‘osis’, para citar sólo unas más entre las muchas y muy aberrantes opciones disponibles.

Aun así, con todo y su carga de irrelevancia, de gracia o de reflexión implícita, lo sucedido me reveló un hecho aplastante que quisiera compartirles con absoluta seriedad como coda: en un entorno tan viciado de violencias, lo cursi es bendición. De ahí que, para terminar, no me cueste revaluar mi abordaje fundamentalista y entender que cualquier ‘mijo’, cualquier ‘chiqui’ o cualquier ‘papi’ siempre serán preferibles al más elegante y elaborado de los insultos. Hasta el otro martes.