Entre las Farc y ‘Lafar’

Por Andrés Ospina

Múltiples voces de insatisfacción resuenan ante la identidad escogida por las ex Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia con motivo de su incorporación en el quehacer político, a saber: ‘Fuerza Alternativa Revolucionaria por la Reconciliación de la Nueva Colombia-Esperanza del Pueblo – Farc-EP’.

Desde un enfoque publicitario –sin aventurar consideraciones morales– lo único por reprocharles a los responsables de tal determinación es la extensión excesiva del apelativo. Dicho en jerga publicitaria: una marca de ‘difícil recordación’. En contraste, según algunos, esa preservación constituye una forma arrogante de enrostrarles al país y a quienes sufrieron los horrores perpetrados por dicho grupo un prontuario lamentable que en teoría deberíamos ocultar. Para otros, se trata de una pésima jugada de mercadeo y de un desperdicio considerable ante lo que pudo ser la mejor oportunidad de rehacer la imagen de una organización cuya sola mención suscita náuseas en las mayorías.

Sin alinearme en ninguno de los dos flancos, considero un acierto y sobre todo un acto de suma honestidad digno de encomio que las Farc sigan llamándose Farc. Algo similar ocurrió en El Salvador con el Fmln (Farabundo Martí para la Liberación Nacional) y en Guatemala con la Urng (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca). En un suelo donde políticos acomodadizos van y vienen entre movimientos, alianzas, partidos y coaliciones cambiantes para lavar o refrendar un prestigio perdido, la decisión resulta meritoria.

Es más: si yo hubiera sido uno de los negociadores estatales en este proceso habría planteado la preservación de dicho rótulo como requisito. La posibilidad de renombrarse favorecería el engaño. ¿No es mejor que en lugar de cualquier otra denominación aparezca aquel acrónimo que todos conocemos y que en lugar de invitar a la desmemoria llama al recuerdo de tantos infortunios asociados a este? Sin atizar la polarización ya casi implícita en el hecho de habitar este suelo… ¿No resultaría todavía más molesto que el organismo en mención hubiese pretendido relanzarse bajo etiquetas eufemísticas del tipo Movimiento de Renovación Pacifista Nacional?

De ahí que encuentre improcedentes y mal encaminadas las acciones legales emprendidas en contra del nuevo nombre bajo el alegato de que irrespeta a las víctimas. Irrespetarlas sería apelar a artimañas verbales para nombrar lo innombrable y esconder ese ayer de dolor que la archiconocida sigla disparará ante la sola mención del Farc-EP.

Si las Farc hubiesen dejado de llamarse Farc enviarían dos muy malos mensajes del tipo: 1. Tenemos una historia que nos avergüenza. 2. Pretendemos encubrirla bajo una identidad distinta. Al mantenerse como Farc, sus militantes aparecerán ante el mundo como orgullosos de sí y de sus ideales, sin ninguna intención de enmascarar dicha historia con disfraces. No quiero decir que lo sean (eso no lo sé), ni mucho menos declararme partidario de estos, pero así lucirán. En eso consisten la publicidad y la comunicación política. ¿No? Una resolución opuesta hubiera desencadenado un torrente todavía peor de críticas estilo: “Ahí están pintados esos hampones guerrilleros, cambiándose el nombre y estilizando el logo con florecitas”. Y, desde luego, no faltarían quienes sugirieran una leve modificación a ‘Lafar’, muy en concordancia con los criterios de imagen corporativa profesados por cierto expresidente a quien prefiero no aludir expresamente porque, a estas alturas, profeso más empatía por ‘Timochenko’ y su voluntad manifiesta de paz que por el monstruo aquel y su afán belicista.

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