La ciclovía de todos

Por Adolfo Zableh

La ciclovía es uno de esos inventos tan buenos que no parecen colombianos y nos hacen tener fe en el país. No es que acá nos hayamos inventado el concepto, pero sí que funciona bien. Hablo de la ciclovía en Bogotá. Domingos y festivos, de 7:00 a.m. a 2:00 p.m., se dice que cerca de millón y medio de habitantes salen a andar sus 110 kilómetros de recorrido.

Hasta ahí todo bien, porque como de costumbre, lo malo de Colombia es su gente. Y no me malinterpreten, soy fanático y usuario del sistema, por él me he enfrentado a amigos que maldicen tener que coger atajos y soportar trancones los domingos. Si por ellos fuera no existiría ciclovía. Y se entiende su malestar. Si en esta ciudad manejar y moverse es un infierno, lo mínimo es que los domingos nos dieran un respiro, lo que la ciclovía hace imposible. Pero con todo y eso está bien que exista, y si para ello se tiene que incomodar a un puñado de conductores, maravilloso.

El asunto viene al uso que le damos. De arranque, los colombianos no tenemos la capacidad de pensar en el otro, vamos por la vida por el camino del medio ignorando que estorbamos. No tenemos interiorizado el concepto de andar por la derecha para dejarles el resto de la vía a los demás, problema similar al que ocurre en las escaleras eléctricas de los centros comerciales y aeropuertos, donde nos parqueamos en la mitad, obstaculizando todo. Yo he visto en la ciclovía a dos personas a pie bloqueando todo un carril por el que entre semana transitan sin problema buses y camiones, todo porque en vez de orillarse van por la mitad y no dejan que los demás avancen. Y así pasa con los que trotan y los que van de paseo con bebé y perro incluidos. Salgan, perfecto, pero no se sientan únicos y especiales que detrás viene una horda de gente que avanza más rápido que ustedes. Vayan por la derecha, bien por la derecha. Hagan de cuenta que son Uribe.

Y eso por no hablar de los ciclistas, entre los que me cuento. Los ciclistas somos taxistas: un gremio anárquico que se cree dueño de la vía, no obedece reglas y se ofende cuando le piden que las cumpla. Yo he visto ciclistas volarse semáforos sin pena, insultar si se les reclama y a su vez reclamarle a un carro si hace lo mismo. Cometemos toda clase de imprudencias como invadir carriles y meternos en contravía, y encima, si llega a haber un accidente, le echamos la culpa al carro así seamos nosotros los que cometimos la imprudencia.

Otra cosa que he descubierto de tanto andar por la séptima, la 26, la novena y similares, es que somos muy malos haciendo calles. Hasta las que en carro se sienten bien pavimentadas, en bicicleta son un desastre. No solo es que vivan rotas, es que no están demarcadas y están repletas de imperfecciones, desniveles, alcantarillas a medio hacer, todas trampas mortales.

Cuando salgo a montar por fuera de la ciudad noto que las carreteras alrededor están en buen estado, pero basta con ver el letrero de “Bienvenido a Bogotá” para empezar a transitar por las peores calles que he visto en mi vida. Si es cierto que nos merecemos los gobernantes que tenemos, también es una verdad de a puño que tenemos vías a nuestra altura como ciudadanos. Si no sabemos usarlas entonces no merecemos mucho. Quizá eso es lo que falta para tener una ciudad con calles decentes: saber cómo se usan, quizá así nos hagan caso y empiecen a repararlas.

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