Lamentaciones de un independiente

Me indigna ese desdén con el que tantos empresarios, en complicidad con el Estado y las entidades incompetentes del caso, maltratan sin control a los trabajadores independientes, no amparados por ley alguna y sometidos a los caprichos, la tiranía, el incumplimiento o la irresponsabilidad del contratante, ‘subempleador’ o explotador de turno.

Harto estoy de la ausencia de plazos estrictos de pago y de leyes que los exijan. De las cuentas de cobro. De las inscripciones tediosas en el “registro de proveedores”. De revisar balances bancarios a la expectativa de los montos reflejados con la debida puntualidad, aun cuando sea por una sola vez. De los parafiscales liquidados con ingreso base de cotización del 40% y de saber que ninguno de esos montos retornará ni siquiera a la vuelta de cincuenta años. Cosas que bien sabría soportar, si cuanto menos ello garantizara algún grado de rigurosidad en la cancelación de honorarios.

Fastidiado me siento del “llame por ahí en quince días” o del todavía peor “nosotros te llamamos cuando esté tu plata”. También del “su cuenta no ha bajado”, y por supuesto de los pagos “el viernes de 3:00 a 5:00”. Del “te falta el RIT”. De perder un día entero diligenciando semejante exceso de papelería y otro yendo hasta las más inhóspitas lejanías para radicarlos “en físico”, porque así lo dictaminan “las políticas de la empresa”. Del “su cheque ya salió, pero le falta la firma”. De las pólizas de cumplimiento. De las transferencias a treinta, noventa y sesenta días. Del clásico “el proyecto no prosperó y por lo tanto no podemos cancelarte”. Del pésimo soporte técnico ofrecido por los ineptos sin corazón ni cerebro de Aportesenlinea.com, incapaces de ofrecer una solución técnica eficaz cuando es preciso hacer un cambio. De los niveles de indolencia e infamia imperantes por regla en departamentos de jurídica o tesorería. De andar acosando o flirteando con recepcionistas por vía telefónica y de sentirme cual desposeído suplicante cada vez que estas consiguen generar en mí cierta sensación de culpa, mendicidad y vergüenza solo por reclamar lo justo.

Me declaro hastiado del cínico “ten un poco de paciencia”. De los descuentos de ley. De la ausencia de primas, prestaciones y demás prebendas vedadas a quienes comparten esta condición de freelanceros. De la interminable sarta de excusas corporativas que van desde la clásica “estamos actualizando la plataforma” hasta la manoseada y ya inverosímil “hubo un problema con las transferencias electrónicas”. De la indiferencia estatal que nos abruma.

Saturado me encuentro de las planillas electrónicas, de las novedades, de todas aquellas minucias fiscales incomprensibles y obstáculos técnicos kafkianos reservados para quienes nos negamos a cuadricularnos el alma. Hastiado me confieso del “el que firma los cheques está incapacitado”. Del “te faltó el certificado de la ARL” o del “mes vencido”.

Leído así, como acabo de expresarlo, lo anterior no pareciera más que una sarta de lloriqueos procedente de otro resentido. Pero bien puedo asegurar que, como yo, somos millones los independientes agobiados ante una situación que por su peso bien merecería ocupar un rubro prioritario dentro de las agendas de legisladores, parlamentarios y del Ministerio del Trabajo, hasta la fecha desentendidos todos ellos de los padecimientos soportados por un sufrido gremio que, pese a dinamizar la economía, termina convertido en su más ignorada víctima.