Clásico

No importa que haya sido un partidazo o que culminara 0-0 y en medio de la decepción uno ahogara penas en el Jeno’s Pizza de la 53 al lado del CAI de Galerías o más arriba, retando los gases de extrema ingesta cárnica en el Chopinar de la 17. Sin importar el resultado un partido entre Millonarios y Santa Fe siempre marcará parte de nuestro propio destino.

Todos tenemos muy cerca en la mente ese primer clásico vivido. El mío fue de 1989. A Santa Fe le habían dado pito en el clásico inmediatamente anterior. Se jugaban en ese tiempo unos hexagonales regionales de ida y vuelta, zonales, y Millonarios había ganado 1-0 en medio de la polémica por un penal pitado a favor del azul que no había sido y por un par de tarjetas rojas que generó la impotencia del fallo: las víctimas fueron Jorge Balbis –un tipo al que parecía imposible que lo expulsaran– y Freddy Rincón –que le metió un cabezazo de ira a Luis Quiñones–.

Y el calendario dictaba que el siguiente partido era de nuevo clásico, pero con localía invertida: Santa Fe sería el dueño de casa. Ese día se me hizo inolvidable Rubén Darío Ramírez, reemplazante de Balbis y dueño de varias fallas que generaron un 3-0 a favor de Millonarios. Pero también me acuerdo del 0-0 de 1991 en medio de una bruma producida por la pólvora, el que para muchos fue el peor clásico jugado en la historia.

No me olvido, por cuestiones de traumas, de la tarde en la que Adolfo Valencia se convirtió en tren a expensas de los inmóviles Carabalí y Cuffaro Russo. Pero hay clásicos no tan famosos ni tan determinantes históricamente que también recorren mi mente: un 0-0 malísimo del 90, por ejemplo –ya mi mente duda–, en el que ‘Rambo’ Sosa pateó dos veces un penal: en la primera venció el arco azul, pero hubo que repetirlo por invasión. En el segundo disparo Ómar Franco voló y la envió afuera.

Me voy más atrás y me acuerdo de Carlos Arias, otra vez creo que en unos hexagonales en el 91, el uruguayo que nació en Canelones y que había atajado para Cúcuta y Unión Magdalena. Se paró en el arco ante Mario Vanemerak y sacó con las manos el lanzamiento de un infalible. Esa misma tarde de lluvia ‘el Palmero’ Morales cobró una falta directa que le culebreó a Óscar Córdoba y ese gol definió todo.

Es imposible borrar la imagen de Édison Domínguez haciéndole al mismo Arias un golazo de tiro libre aún más bonito que el del lateral ante Universidad de Chile en Libertadores o la lluvia de piedras en donde vi más de cerca las peleas entre barras, por allá en 1993, noche en la que Alan Valderrama y Freddy León destruyeron a un Santa Fe cada vez más crítico por esos tiempos.

Cada clásico deja siempre algo en la mente. Espero que el último –imposible de registrar por temas de entrega de esta columna– haya cumplido con el mismo fin.