Bruta como la Cabal

Virginia Mayer confiesa que ella tampoco se acordaba de que la Unión Soviética había dejado de existir, no para defender a María Fernanda Cabal, sino para analizar por qué a la congresista le gusta generar polémica

Por Virginia Mayer

Ya no me acuerdo de las otras brutalidades e hirientes declaraciones que ha hecho María Fernanda Cabal. A mí por suerte se me olvida todo (pero es más gomelo referirme a ello como memoria selectiva). Lo que no he olvidado es que no me gusta ni un poquito. Todo lo que la rodea me resulta sórdido, siniestro, confuso –confuso adrede. Así pues, debería quedar claro que no la estoy defendiendo.

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No me acuerdo de nada de lo que aprendí en el colegio. No me explico cómo me gradué, porque nunca aprendí a dividir, o a multiplicar decimales, por ejemplo. Tenía una amiga brillante y demente -María Paula- que me ayudaba a estudiar química, física y matemáticas. Hacíamos ejercicios juntas y lo lograba, pero al día siguiente en el examen me bloqueaba y entonces me copiaba. La verdad es que sí me explico cómo me gradué. Mi vieja me enseñó a memorizar relacionando las palabras con otras cosas y luego inventándome canciones con ello, pero todo lo que me aprendía se me olvidaba apenas entregaba el examen para el cuál lo había hecho. Como cuando se compra un nuevo par de zapatos y hay que sacar del clóset un par viejo, de esos que ya no uso. Una cuestión de espacio.

Quizá por eso yo tampoco me acordaba de que Rusia ya no es la Unión Soviética, o la URSS (hijueputa, ¿no es lo mismo?). Yo pensaba que los que le decían Unión Soviética eran como los que le dicen Cartagena de Indias a Cartagena. Tampoco me sé las capitales europeas, ni qué hablar de las asiáticas. No sé quiénes son los presidentes de los países, no me sé todas las fronteras de Colombia ni me acuerdo de dónde queda Israel (hijueputa… ¿no es el Estado de Israel?). No sé de cuántos países es prócer Simón Bolívar, no sé si se escribe Ghandi o Gandhi, no sé si es jengibre o gengibre, no sé en qué año fue la Primera Guerra Mundial, o la Segunda. No he leído a Borges ni he visto una obra de Shakespeare, no disfruto el cine en blanco y negro, ni tengo claro si Margaret Thatcher (hijueputa, ¿no es Tatcher?) era de las buenas o de las malas. ¿Y qué? ¿Me van a medir la inteligencia de acuerdo a mis conocimientos? No seamos tan pendejos.

Lo que sí sé es blindarme, porque es claro que con el más mínimo error, por más minúsculo, insignificante, estúpido, inverosímil y ridículo que sea, las redes no perdonan. Como por ejemplo cuando la Cabal se refirió a Rusia como la Unión Soviética. Por eso procuro no hablar o escribir sobre lo que no sé, y ante la más mínima duda investigo -y no lo hago en Wikipedia (a la que yo misma he profanado). No quiero que, por ignorancia, me conviertan en blanco de sus propias inseguridades. Había que ver a tanto gallito en Twitter y Facebook haciendo alarde de sus conocimientos históricos y geográficos, burlándose una y otra vez de esta señora que hace un brillante trabajo poniéndose a sí misma en ridículo. Como si hiciera falta burlarse de ella. Con cada nueva idea que se les ocurría era para mí más claro que haciéndolo se estaban sintiendo cada vez más cultos y más inteligentes. Como si se hicieran la paja. Petardos.

Y no quiero terminar este texto sin agradecerle a la Representante a la Cámara por haber puesto a las redes a practicar historia y geografía. A mí es que me importa un culo. A mí háganme quiz sobre las Kardashian.

Por: Virginia Mayer / @virginia_mayer

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