Colombia desde afuera

Adolfo Zableh está fuera del país y nos cuenta cómo se reciben en el exterior las noticias que genera esta patria nuestra.

Por Adolfo Zableh

Llevo dos meses en un viaje que ya casi termina y debo decir que a la distancia se entiende menos Colombia. Hay que estar metido en el día a día del país para descubrir que los taxistas le hacen encerronas a Uber, que un buen porcentaje de la población no quiere la paz, al menos la que está a la mano, y que a la gente la matan por un celular o una bicicleta. Y con todo y eso, siendo periodista, conociendo algo de historia reciente y leyendo noticias a diario, todo se escapa del entendimiento.

Pero cuando llega un viaje y la rutina y el horario se trastocan, cada noticia que sale de Colombia no solo aterra, sino que confunde. Varios extranjeros que he conocido me han pedido que les explique lo que está pasando, y yo, la verdad, no he atinado a darles un parte. Y cuando he intentado, me empiezo a enredar y luego, cuando oigo mis propias palabras y la magnitud de lo que narro, me da vergüenza. Solo atino a pensar que algo muy malo ocurre con nosotros, que no valemos cinco pesos y que somos personas pequeñas que hemos construido un país pequeño.

Lo último fue lo del atentado en el Centro Comercial Andino. Si fue confuso para todos allá, calcule para quienes estamos afuera. Poco a poco, mientras seguía los reportes, sentía que la noticia no era el ataque en sí, sino lo que había generado en la ciudadanía. Embestidas y señalamientos entre partidos políticos, confusión en la investigación, supuestos falsos positivos judiciales, todo un menú que no se sabe por dónde empezar a consumir. Ahora, cuando un extranjero me pregunta por Colombia, le digo que no se amargue la vida, que así sin saber nada está bien. A mí me toca, nací y vivo allí, es mi realidad y debo encontrar la mejor manera lidiar con ella sin que me trague entero.

Entre los colombianos que viven en el extranjero hay muchos a quienes les cuesta destetarse de la patria, y mediante la comida, los amigos, los estilos de vida y demás detalles se mantienen por fuera como si ahí siguieran. Otros sienten cero nostalgia y con cada nueva mala noticia que llega reafirman el acierto de haberse ido. No sé qué pensar de un bando ni de otro, porque por ratos me he sentido en ambos. A veces no quiero saber nada de Colombia y solo espero que de tanto odio que destilan sus habitantes terminen por matarse entre ellos, a veces me llama la patria a ver si puedo hacer algo por ella. Ambos extremos, lo sé, son dañinos.

Ahora que ya casi vuelvo, leo que capturaron por corrupción a Luis Gustavo Moreno, director anticorrupción de la Fiscalía, y que condenaron a 40 años al exgobernador de La Guajira por el asesinato de tres personas. Cada noticia más absurda y aterradora que la anterior, todo muy colombiano, eso sí. El mismo día leo también que las Farc se desmovilizan y entregan más de siete mil armas. Bien por la entrega, es un comienzo. Ahora ahora nos toca a todos dejar de ser tan hijueputas, a ver si al fin empezamos a construir un país que no dé pena.

Por: Adolfo Zableh / @azableh

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