El muro de la vergüenza

Por Eduardo Arias

¿Cuánto dinero se habrá invertido en la ampliación de la calle 45, entre las carreras 13 y Séptima? ¿Cuánto tiempo duró en ejecutarse esa obra? Dicho proyecto, tasado en 4700 millones de pesos, se inició en 2014 y su entrega estaba proyectada en 11 meses, cosa que –¡adivinaron!– no ocurrió. Debo confesar que no me interesa averiguar si hubo sobrecostos, como tampoco cuántos meses más se demoraron en entregarlo. Tampoco estoy interesado en echar de menos las más bien modestas (pero bonitas) casas de ladrillo del llamado estilo inglés que fueron derribadas.

Donde antes estaban esas casas ahora pasa una calle ancha por la que se circula en dirección al oriente, se construyó un andén amplio y se dejó una zona verde (hasta ahí, todo muy bien) que termina de manera abrupta en los muros traseros de las edificaciones que están sobre la calle 44.

Esta obra ha ayudado a agilizar el tráfico de la ciudad en ese sector. Eso no se discute. Pero el resultado final en el costado sur de la 45 es una prueba de la desidia y el desinterés de los gobernantes de la ciudad por la calidad del espacio público.

No es la primera vez que la ciudad ve cómo una cuadra de casas se transforma en un paredón. En algunos casos, como en los puentes peatonales de algunas estaciones de TransMilenio (en particular las de la Carrera 30), las culatas que quedaron a la vista se resanaron y pintaron, y en algunas de ellas se ven grafitis artísticos que, más allá de gustos o disgustos de cada quien, son un intento por mejorar la calidad del entorno.

Pero, en este caso, las cosas han sido muy diferentes. Gran parte del muro amenaza con derrumbarse y está soportado por unos troncos en diagonal acuñados a la pared, que evitan que se venga al suelo. Todavía quedan a la vista los restos de la demolición de las casas: ladrillo tolete, fragmentos de cemento, estuco y pintura. Es un muro pintado por toda clase de grafiti que va, desde simples letreros y garabatos, hasta expresiones un poco más elaboradas de arte urbano.

Han pasado varios meses desde que la obra se abrió al tráfico de vehículos y peatones. Y, la que uno presumía era una solución provisional, sigue ahí, tal cual, como las busetas que desde hace dos años dicen ‘SITP Provisional’ y todavía circulan por la ciudad muy orondas y campantes. ¿Podrán resistir los troncos de madera sometidos a la intemperie el peso de la pared inestable?

No sé qué opinen los vecinos del costado norte que, cada vez que se asoman por sus ventanas, tienen enfrente semejante monumento a la ‘chambonada’. Yo me deprimiría profundamente. Si me deprime como peatón pasar ocasionalmente por ahí…

“¡Culpa de Petro!”, gritarán unos. “¡Culpa de Peñalosa!”, les revirarán los otros. Sin importar de quién o de quiénes sea la culpa, la verdad es que la ciudad, sus habitantes y quienes la visitan merecen algo mejor que este triste espectáculo, homenaje al desgreño y al desinterés de los gobernantes por su ciudad.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo