El orgullo

Por Zalman Bem-Chaim

Uno de los principales objetivos que todos deberíamos tener en la vida es conocernos a nosotros mismos; realmente conocernos, aceptar nuestras debilidades como un reto para mejorarlas, conocer nuestras fortalezas para darles el mejor uso y compartirlas. Entender lo que realmente somos y podemos llegar a ser, no solo sería liberador, sino que además podría transformar por completo nuestra vida, pero parece darnos tanto susto indagar en ello, afrontarlo y descubrirlo, que nos quedamos congelados ante la vida prefiriendo distraernos en el camino.

Es muy común que los talentos y potenciales que tenemos se oculten tras una capa de miedos que nos debilitan, pero también es tristemente común que pensamientos y emociones busquen un escudo protector en una falsa apariencia de fuerza a través del orgullo, el ego y la arrogancia.

Parecería que da tanto miedo conocernos y aceptar que es necesario presumir de una fuerza que realmente solo es alarde de bravuconería mediante un orgullo mal sano. Y sí, puede que en un principio aquella persona que se expresa así se sienta fuerte, capaz de afrontar cualquier cosa, pero a la larga solo creará un ambiente propicio para la soledad y también para dejar en evidencia la incapacidad de reconocer lo que se piensa y siente siendo coherente y conectando estos dos aspectos. En resumen, dejará en evidencia no una gran fuerza sino una profunda idiotez de quien presume de esta forma.

Esconderse tras el orgullo es seguir el camino fácil, persiguiendo la falsa idea de querer tener el control (a la fuerza) para acomodar las cosas a libre antojo, simplemente por cumplir un capricho y no por alcanzar un propósito. Esconderse tras esa falsa apariencia de fuerza es algo totalmente lejano al verdadero valor y, por el contrario, es un claro acto de cobardía.

Todos tenemos derecho a pensar diferente, a sentir diferente, así como a aprender de esas diferencias; de hecho, gracias a ese valor que guardan las diferencias es que se puede crecer en el día a día. Nadie tiene –en lo personal– el derecho de juzgar a otro, eso incluye los juicios que hacemos para nosotros mismos.

Tratar de sobrellevar la vida llenos de orgullo solo puede amargar cada día más a una persona, no solo por el daño que hace a otros, sino porque se está negando a sí mismo. No quiere decir esto que todos debamos ser iguales, pero sí que todos deberíamos trabajar por conocernos mejor.

Evidentemente, a todos nos gustaría estar bien siempre, pero la vida tiene sus momentos y sus contrastes, para los cuales lo mejor que podemos hacer es entender y aceptar quiénes somos realmente, con menos orgullo y más sensatez. No necesitamos encajar en lo que creemos que otros piensan para vivir mejor, necesitamos conocernos a nosotros mismos para hacer de este un mundo mejor. No necesitamos demostrarle nada a nadie para ser quienes estamos destinados a ser, basta con aprender a amarnos para poder trascender.

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