La leche no viene de la nevera

Por Andrea Padilla

The Washington Post publicó un artículo sobre lo que podría llamarse ‘analfabetismo alimentario’ entre los estadounidenses. Un estudio del Departamento de Agricultura, realizado en los noventa, evidenció que uno de cada cinco adultos no sabía que las hamburguesas están hechas con carne de vaca. Veinte años después, tras la implementación de programas de educación alimentaria, una investigación en California, cuyos resultados fueron publicados en el Journal of Agricultural Education (2011), confirmó esta información (cuatro de cada diez entrevistados aún lo ignoraba), y reveló, entre otros insólitos datos, que tres de cada diez no tenía idea de que el queso es leche de vaca.

Recientemente, una encuesta encargada por el Centro de Innovación de Lácteos dejó claro que esta ignorancia no ha decrecido; al contrario, parece más infantilizada. El 7% de los estadounidenses adultos cree que la leche achocolatada proviene de las vacas cafés. Es decir, 16,4 millones de habitantes del país que más consume carne per cápita (265 libras), con un promedio de sacrificio anual de 32,5 millones de bovinos, cree que ‘el grifo mamario’ de las vacas viene saborizado y que la variedad depende del color de su piel.

Los investigadores del estudio de California concluyeron que los entrevistados desconocían las actividades de posproducción y el origen de los cultivos agrícolas de alimentos comunes. Partiendo de no saber que la leche viene de la vaca, esto habría sido demasiado pedir.

Los datos son aterradores a efectos de políticas alimentarias y sanitarias, y para quienes pensamos que el desconocimiento en estos temas es la punta de iceberg que llevan a ‘Trumps’ al poder. Alguien que no sepa o a quien no le importe qué come y de dónde provienen los alimentos, poco puede interesarse o estar informado de lo que hacen sus gobernantes o de sus derechos y deberes civiles. Peor aún, es presa fácil de manipulaciones políticas y publicitarias, como las que pretenden hacernos creer que las vacas “nos dan” encantadas su leche o que a los cerdos les complace convertirse en jamón. No en vano el éxito de ‘la cajita feliz’.

Para quienes trabajamos por los derechos de los animales y la protección de la naturaleza, ahora que sabemos que la ganadería está rostizando el planeta, estos datos son un campanazo de alerta.

Demuestran que con segmentos desentendidos de la población (por decir lo menos) lo primero es educar al nivel básico de ‘la tierra es redonda’, mediante estrategias pedagógicas sencillas que les permitan conocer la fuente primaria de lo que consumen. Luego, contarles cómo la ganadería logra que una vaca produzca leche todo el año, que una gallina ponga huevos en serie o que un cerdo multiplique tres veces su peso corporal en tiempo récord. Y, finalmente, informarles cómo nuestras decisiones impactan en las vidas de billones de seres sintientes, en nuestra salud, en la economía y en la (des)nutrición de los más empobrecidos y en el planeta. En dos palabras: sensibilizar y responsabilizar.

Es de suponer que lo mismo sucede con la ropa, los medicamentos, los cosméticos y el entretenimiento basado en el uso de animales. La explotación existe gracias a la ignorancia; de eso no cabe duda.

Oscar Wilde y Marguerite Yourcenar decían que, en la base de todos los males, está la falta de imaginación. Creo lo mismo. Sin embargo, estos datos nos ponen de frente la pavorosa realidad de la ignorancia (y el deseo de permanecer en ella).

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