El cuento de Fabio Martínez

En un ejercicio entre la ficción y la realidad, Andrés 'Pote' Ríos escribe este cuento sobre lo que pudo ocurrir con Fabio Martínez, el DT que duró un suspiro en el Independiente Medellín.

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

La primera referencia que tiene Google de un Fabio Martínez es la siguiente: “Fabio Martínez. Escritor y académico nacido en Colombia, 1955. Doctor en semiología de la UQAM (Montreal, Canadá)”. Pues bien, este cuento no está escrito por ese Fabio Martínez, es sobre otro, uno vinculado al mundo del fútbol y que la semana pasada se hizo ‘célebre’ por ser el director técnico del Independiente Medellín durante menos de 24 horas. Esta es la historia, este es el cuento…

Las manos le sudaban a Fabio. Acababa de recibir una llamada en su celular. Era el presidente del club, el señor Silva Meluk. Pocas veces Fabio recibía una llamada del ‘alto turmequé’ del Medellín. Él, desde el manejo que les da a algunos equipos de las divisiones inferiores del ‘Poderoso de la Montaña’, poco contacto tiene con él, pero no se perdía los videos llenos de folclor que ‘el presi’ colgaba en las redes al anunciar un nuevo refuerzo. “Ojalá algún día el presi me anuncie así cuando yo sea entrenador del DIM”, pensaba Fabio cuando su mirada se perdía mientras que sus juveniles trotaban la cancha.

La llamada era precisa, tenía que ir a las oficinas del club en horas de la tarde para reunirse con el presidente y con el máximo accionista. Fabio, como es su costumbre luego de entrenar a los juveniles y llegar a casa, se bañó por segunda ocasión. Al salir de la ducha le dijo con cierta ansiedad a su esposa: “Amor, me llamaron para que vaya a las oficinas del club. Renunció Zubeldía y quieren hablar conmigo. No sé qué será, pero algo grande está por venir”. Su esposa le respondió: “Todo llega a su tiempo, Fabio, mi amor. Usted ha trabajado bien, con honestidad y lo merece. Váyase bien presentado y Dios lo bendiga”.

Fabio almorzó a las carreras, no dejó de echarse su loción favorita, se miró al espejo la calva que lo acompaña desde hace unos años, se organizó la camisa y salió. Metro, bus o metroplús, el caso es que durante el camino, este costeño que lleva más de 25 años en Medellín y que jugó fútbol profesional entre los años 1995 y 1997 en el Envigado F.C. bajo la dirección técnica de Gabriel Jaime Gómez, empezó a soñar. Soñó que la barra Rexistencia Norte coreaba su nombre, soñó con la primera formación titular que tendría para el primer partido, soñó con contar con Quinterito en el medio campo, soñó con la escarapela de Dimayor con el rótulo de DT, soñó y soñó y así llegó a la cita esperada.

Lo recibió el presidente Silva Meluk con su tono dicharachero y chabacán. Lo saludó el máximo accionista del club, un tipo más mesurado, humilde y calmado. Lo sentaron y, sin más aspavientos, le dijeron que tras pensarlo mucho (repito, “tras pensarlo mucho”), habían decidido que él era la persona idónea para tomar las riendas del equipo profesional. Fabio volvió a sudar, Fabio quedó en una pausa en la que la felicidad anestesia todo. Fabio reaccionó y dijo: “Presidente, don Raúl, es un honor, acepto, no los voy a defraudar ni a ustedes, ni al club, ni a la hinchada”. A Fabio los ojos se le encharcaron, pero disimuló. Hablaron de la conformación del cuerpo técnico y les avisaron de sus nombramientos. Ese mismo día citaron a una rueda de prensa en la sede del club, en una de las torres del hotel Dann Carlton. Todo estaba bien.

Fabio, en medio del barullo que había en las oficinas del DIM para armar la rueda de prensa y los contratos del nuevo cuerpo técnico, encontró un rincón solitario. Tomó su celular, llamó a su mujer, llamó a sus seres queridos. Es más que entendible, cualquier humano con una dosis mínima de humildad y corazón les comparte sus grandes logros y pasos a los que más ama. “Amor, soy el nuevo DT del DIM, me lo acaban de decir. Mi vida, estoy muy feliz y la vida nos va a cambiar, todo estará mejor”.

Fabio colgó. Fabio respiró profundo. Fabio pensó en el gran reto que se venía. Fabio pensó en el buen sueldo que recibiría. Fabio pensó en todos los esfuerzos que hizo para ser licenciado en Educación Física de la Universidad de Antioquia y contar con un posgrado en la Universidad de Santander. Fabio fue al baño, se hecho agua en la cara y salió. Ya la rueda de prensa estaba lista y la sala estaba llena de periodistas.

Sonaron los disparos de las cámaras. Nunca Fabio había vivido algo igual. A su lado estaban el profe Carlos Gruesso, que sería su asistente técnico; Édgar Cataño (campeón de la Libertadores con el Once Caldas), que trabajaría como ayudante de campo, y Wilson Silva como preparador físico.

El presidente, en su clásico tono que busca generar “confianza”, tomó la palabra y textualmente dijo: “Por su trayectoria de estudio del fútbol colombiano, le entrego la camiseta del Medellín, hermano, pa’ que se la ponga, con todo el cariño que se merece, y le damos la responsabilidad del equipo profesional, que es lo que más quieren todos los hinchas. Se la entrego en nombre de la Junta Directiva y de la hinchada”.

Fabio oyó con atención, estaba de pie, miraba, tomó la camiseta roja y se la puso. Las manos le temblaban. Luego vino un fuerte apretón de brazos con el presidente y un abrazo, y en ese abrazo, con una ternura única, Fabio posó la cabeza levemente sobre el hombro de Silva Meluk. Un gesto de ternura y un ‘muchas gracias’… (acá pueden ver el video de ese momento: http://colombia.as.com/colombia/2017/06/09/futbol/1497041953_314273.html).

Fabio regresó a su casa pleno de felicidad, en el barrio lo saludó todo el mundo. Se sintió héroe, se sintió como un político cuando gana. Habló con su esposa, estructuró sueños con el nuevo salario, soñó, soñó y se fue a dormir. Mientras todo eso pasaba, en las redes sociales la avalancha de quejas por su nombramiento inundaba las cuentas del DIM. Todo se resumía en: “Al Medellín no lo puede dirigir un aparecido. El equipo necesita un técnico de jerarquía”.

Salió el sol y de nuevo una llamada. Era el presidente del DIM, ya el tono de animador de fiestas había cambiado. Fabio oyó con atención. Fabio ya no era el director técnico del Medellín.

Al filo del mediodía el club rojo de Antioquia sacó un comunicado de prensa: “Reconocemos las capacidades y el potencial que Fabio Martínez puede aportarle a nuestra institución, consideramos que la decisión tomada puede llegar a ser en algún momento contraproducente para él como persona y que podemos tomar mejores decisiones que hagan que a este gran técnico en proyección tenga un mejor ambiente para demostrar su talento”.

Silva Meluk, el presidente que hasta hace pocas horas abrazaba a Fabio y lo llenaba de ‘flores’, les dijo a medios de comunicación como AS que: “Tras el nombramiento notaron que había una opinión generalizada de hinchas, periodistas y otras personas del fútbol, de que Fabio no debería ser: entonces cambiamos el rumbo y hacemos otra cosa”.

Y hasta ahí llegó el cuento de Fabio. Regresó a su hogar, lo recibió con un abrazo su mujer. Con ese abrazo sincero, no como el que le dieron los directivos en la rueda de prensa. Y Fabio sigue en el Medellín. Dicen que será asistente técnico del nuevo entrenador, Juan José Peláez.

Llámelo 15 minutos de fama, llámelo desorden de un club, llámelo como quiera. Yo lo llamo manoseo, irrespeto y falta de humanidad.

Por: Andrés ‘Pote’ Ríos / Twitter: @poterios

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