Suenan Trump-petas

Por Andrés Ospina

Espero me perdonen por insistir en aquello que pese a su condición de noticia reciente ya luce manoseado. Bien lo dijo el maestro Eduardo Arias: “Suenan las Trump-petas del apocalipsis”. Con la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París queda abierto el dique de la desgracia para esta pobre humanidad, tan a expensas de la irracionalidad ostentada por sus líderes. De un tajo, bajo el antropocentrista y por lo mismo absurdo argumento de priorizar los intereses de su pueblo antes que cualquier otra consideración “porque la gente de mi país será lo más importante en mi gobierno y si votaron por mí fue para protegerlos”, el primer mandatario del también primer imperio del planeta acaba de comprometerle –por no decir ‘desgraciarle’– el futuro a la humanidad entera…

Una amiga, cuya lucidez admiro, lo anotó: “Si ni siquiera me gustaba como gerente de Miss Universo, mucho menos me gusta ahora como emperador del mundo”. Ignoro si será cuestión de imbecilidad, de cortoplacismo, de egoísmo, de mercantilismo o de todas las anteriores. Así, ‘anti-trumpetismos’ aparte, mal haríamos en desconocer la condición de sometimiento en la que nos encontramos. Asolados por una oleada creciente de trogloditas convencidos de que el calentamiento planetario es cosa de ficción y de que el destino nos trajo a la Tierra para hacer cuanto se nos antoje con ella. Por lo mismo, jamás resultará redundante señalar el riesgo que implica la existencia de esta suerte de anticristos modernos, investidos por la legitimidad que les confiere el haber sido elegidos.

Debido a ello, antes de detener la presente lectura al no parecer esta sino una voz más, sumada a las muchas quejas ya venidas desde las alas razonables y sensibles del género humano, detengámonos por instantes para mirar hacia adentro y entender que si bien Norteamérica acaba de hacer un colosal aporte al fondo pro autodestrucción de la especie, muchos países del orbe, Colombia incluida, tienen sus propios mister Donalds locales. Me refiero a aquellos líderes que desde su posición alientan la minería indiscriminada o la explotación económica de recursos irrecuperables. Hablo de los que pretenden convencernos de que el progreso se mide en fanegadas de cemento o de que los derivados del petróleo o los vehículos movidos por estos son la más viable de las opciones energéticas para hacer andar este entramado comercial en el que resulta legítimo y hasta necesario comprar y vender cuanto exista. También de quienes ven en un manantial una fuente de agua embotellada para comercializar y de aquellos que en un humedal o una reserva visualizan, cual si fuera un oasis para plantar sus remansos de infamias o sus proyectos de vivienda multifamiliar, obstáculos a derribar a fuerza de retroexcavadoras y asfalto, porque lo urgente es “destaponar la ciudad”.

Y no hay que cruzar las fronteras para tropezárselos. Lo repito, entonces, y lo repetiré: si Norteamérica tiene su Trump, nosotros también tenemos nuestra legión encubierta de privatizadores, depredadores del verde y negacionistas. Y los elevamos a presidentes, a gobernadores, a parlamentarios y a alcaldes. Los respaldan banqueros, multimillonarios e ‘inversionistas’. Los secunda una corte de inconscientes, empeñados en justificar sus exabruptos bajo la premisa de “dejarlos gobernar para ver qué hacen”. Será cuestión nuestra si permitimos o no que la tal ‘Trump-peta’ suene a ritmo de cumbia y de guabina. Hasta el otro martes.

 

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